Tras obtener el premio Astor Piazzola en el 38° Festival de Mar del Plata, uno de los festivales de cine más importantes del mundo, la ópera prima del cineasta cusqueño, Marco Panatonic, llegó esta semana a las salas de cine locales. Forbes conversó con él sobre el proceso para construir esta cinta, la relevancia de las memorias familiares en su trabajo y la importancia que tienen los estímulos económicos estatales.

Marco Panatonic tenía 17 años cuando entró a una sala de cine por primera vez. Ya antes se había detenido en el letrero con las cuatro letras que anunciaban que estaba frente a un cine, pero entonces comprar un boleto no era una posibilidad. “Para los noventa, había muy pocas salas de cine en Cusco. Como era dinero, nunca podía ir porque no tenía la economía yo o mi familia”, cuenta. Eso cambió cuando comenzó a frecuentar el cineclub de la Biblioteca Pukllasunchis, en el centro de Cusco. No era una sala de cine, pero pasaban películas gratis. En aquellas salas fue capturado por las emociones que le transmitían los actores, y que no encontraba en su cotidianidad: “En mi contexto, siempre sentía que la gente no ahondaba en sus sentimientos, como que se guardaban un poco. Las películas me mostraban emociones y sentimientos a los que yo sentía que, en mi vida diaria, no accedía del todo”, recuerda. 

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Kinra, nombre de la localidad chumbivilcana donde nació el director, es el nombre del primer largometraje de Marco. La cinta logró el año pasado uno de los hitos más importantes de una película peruana: el trofeo Ástor de Oro, el premio mayor del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (Argentina). “Por la forma en la que cuenta una fuerte historia a través de una potente puesta en escena que permite observar la humanidad de los personajes. Un verdadero descubrimiento”, destacó el jurado internacional que otorgó el premio. Kinra, que se estrenó en salas peruanas el 14 de noviembre, también se llevó seis premios en el Festival Internacional de Cine de Lima de 2024, coronándose como la gran película peruana del año. 

La película narra la historia de Atoqcha (Raúl Challa), un joven quechuahablante astuto e inquieto, que deja la casa donde vive con su madre en Chumbivilcas para viajar a Cusco. En la ciudad, es acogido por un amigo que lo ayuda; encuentra trabajo y está dispuesto a estudiar para ser ingeniero. Pese a que las cosas empiezan a acomodarse en su vida, Atoqcha siente que hay algo que no encaja: tiene el corazón dividido. También quiere volver con su madre. Entonces, tendrá que tomar una decisión para definir su futuro. Como la vida misma, la película se compone también de silencios y esperas, que abren paso a la contemplación y respiración que sigue sus propios ritmos y tiempos.  

Tu primer acercamiento al cine fue a través de un cineclub. ¿Desde ese momento pensabas en algún día ver tus propias historias en pantalla grande? 

No, creo que fue más adelante, cuando empecé a ver cómo los personajes andinos eran representados en algunas películas peruanas. Me pregunté, ¿por qué hacen esas películas así? Una persona andina no habla así, no hace esto. El personaje andino que más ha trascendido en la televisión peruana es la paisana Jacinta, una caricatura total. El cine y la televisión tienen la tendencia de retratar el universo andino desde la bondad e inocencia, vestidos con trajes típicos y una relación armoniosa con la naturaleza o en una situación de pobreza extrema y una tristeza genética. Esa mirada paternalista e idealizada no propone una mirada más compleja ni cercana. Cuando terminé la universidad, que fue el 2011, dije: quiero estudiar cine. Aunque el cine es algo que se aprende haciendo, se aprende sobre la marcha. 

El cine también es una experiencia de creación colectiva. En ese sentido, ¿cómo ha sido la experiencia de hacer Kinra, tu ópera prima? 

Ha sido una búsqueda y sigue siendo una búsqueda. Una de las premisas era encontrar compañeros que no se sintieran tan ajenos al proyecto y a los lugares donde se iba a filmar. Algunas personas del equipo viven en ciudades, otros, como yo, nacieron en Kinra y han migrado. Yo les pedía que tuvieran ese espíritu colectivo para que todos también sintiéramos que hay un equipo, que ninguno se sienta menos o más, que ninguno se sienta discriminado por ser quechua o por no hablar quechua. Les pedía que fueran muy horizontales para generar confianza. Por eso digo que fue una búsqueda colectiva. Kinra es lo que es gracias a los compañeros y compañeras. 

Parte importante de este trabajo colectivo son los actores. Kinra se caracteriza por su naturalidad tanto en los diálogos como en la actuación. ¿Cómo fue el proceso de casting y selección? 

Hemos hecho la convocatoria de actores en Santo Tomás (Chumbivilcas) y han venido de muchos lugares, incluso de comunidades a una o dos horas de distancia. Hemos tenido tres días de convocatoria actoral. La experiencia colectiva de las personas que viven en Chumbivilcas es salir, estudiar, regresar, volver a salir. Están siempre en constante movimiento. A veces se cree que las personas del campo solo viven ahí, encerrados en una burbuja. No es así. La película trata de eso, de esa experiencia de movimiento, de como muchas personas salen, estudian, trabajan, regresan, vuelven a salir. A partir de esa experiencia colectiva, buscamos a los personajes. Queríamos una persona que tuviera una vida parecida, que en realidad son la mayoría de jóvenes en Chumbivilcas. Raúl [quien interpreta a el protagonista] había terminado el colegio y se había ido a Arequipa a estudiar mecánica, y por la pandemia había regresado. Estaba haciendo clases virtuales y estaba trabajando como mototaxista. Una tía mía hizo de la mamá, yo siempre la pensé para el papel porque su rostro es muy expresivo y es una persona muy responsable.

Equipo de KINRA

En Kinra abordas temas como la migración, la tierra, la amistad, las oportunidades y búsquedas. Comentabas que alguien leyó el guión y dijo que la situación era muy melodramática. La realidad puede ser melodramática, pero tú la presentas desde la humanidad, el humor, e incluso la ironía. ¿Crees que el humor es también una posición desde la cual enfrentar la vida? 

Yo recuerdo que tenía una abuelita que decía algo en quechua, significaba “solo me río, ya no quiero llorar”. Pienso que, tal vez, eso está muy presente en lo andino o los pobladores amazónicos que no han crecido con el español como primer idioma. En la época de las haciendas, era como muy duro, pero igual había fiestas, había un espacio. A pesar de que las desigualdades son muy graves, no todo es absoluto, no hay una absoluta opresión. Ahora, igual hay desigualdades sociales, pero ves las fiestas en el altiplano, por ejemplo, y son descomunales. Yo creo que el andino, el quechua, el aymara, el amazónico han protegido esas pequeñas victorias. Creo que, ahora, cada vez más estamos ejerciendo las libertades que en algún momento no han existido. La realidad es excesivamente dramática y las emociones de las personas andinas han estado como ocultas bajo el pensamiento de “ya no voy a quejar, ya no voy a hablar, voy a llorar solo donde tengo que llorar”. Cada vez más hay cierta pérdida de miedo, aunque este sentimiento nunca es total. En las últimas protestas [entre diciembre de 2022 y marzo de 2023], las muertes se concentraron de manera desproporcional, fallecieron más personas quechuahablantes. Pero, al mismo tiempo, más hombres y mujeres quechuahablantes empiezan a surgir a través de redes. Creo que ahora en TikTok es el lugar donde hay más contenido en quechua.

En Kinra hay este espacio para la risa, la ironía, pero existe también un mensaje político, una clara posición. ¿Cómo surge la idea de contar esta historia? 

Ha sido algo que ha ido creciendo. Hollywood inunda todo y uno asume que esa es la única forma de hacer cine. Yo me preguntaba qué historia interesante podía contar. Por mucho tiempo dudé en escribir algo. Cuando empecé a ir a talleres de cine de no ficción, aprendí que había otras formas de hacer cine. Empecé a valorar, por ejemplo, las memorias familiares. Había una anécdota sobre mi abuelo. Mi abuelo se había ido a Arequipa a trabajar en una chacra, después trabajó en un hotel, donde lo denunciaron porque en el hotel se habían robado unos tenedores. Mi abuelo dijo que él no había ido para que lo traten como ladrón, así que se regresó a su tierra. La familia decía que mejor se hubiera quedado en Arequipa el abuelo y nosotros que hubiéramos nacido ahí y no en Chumbivilcas. Esa era la conversación familiar y a mí esa decisión de regresar siempre me pareció interesante.

Es  interesante esa conversación familiar relacionada a la decisión de tu abuelo de regresar. Hablabas del cine de Hollywood, esta mirada más occidental desde donde hemos construido una idea de progreso en línea ascendente, sin retornos. Desde esta mirada, el retorno puede ser entendido como un fracaso. Pero tú cuestionas esa idea en la película. 

Sí, ese regreso lo había visto no sólo en mi abuelo, sino en más personas. Finalmente, la dinámica de la ciudad es diferente. En esa época, muchas personas iban al ejército y ya no regresaban o sus papás deliberadamente decían “oye quédate en la ciudad vas a tener más oportunidad”. Con mi familia materna hablamos en quechua. Vivimos en el Cusco, pero siempre hay una añoranza por la tierra. Esa añoranza está en muchas familias que conozco que han venido de Chumbivilcas. Esas historias fueron el germen inicial. 

Más que una película totalmente narrativa, explicativa, Kinra deja bastante a la experiencia. ¿Consideras que es importante no explicarlo todo? 

Sí, diría que sí. Finalmente, quien rellena la experiencia de la información son los espectadores. Si ves una película de ficción y ves un documental, al final, quien te da más información, es un documental, pero hay películas que logran, así sean en los términos de la ficción, transmitir la complejidad de la humanidad. Kinra no solo es la historia de un chico que sale de su casa al Cusco y quiere entrar a la universidad. Esa sería la historia más sencilla, sino que tiene muchos conflictos humanos. Una película explicativa es como darle al espectador un manual y la experiencia de la vida en general no viene con un manual. La vida no se nos presenta en línea recta. Hay un montón de momentos que uno ni siquiera le encuentra significado, hasta que quizá lo revisita años después y le otorga un sentido. 

Sobre tu experiencia en Mar del Plata, ¿cómo fue el ingreso de Kinra al festival y cómo te sentiste cuando llegó ese mensaje de aceptación?

Yo conocí a la programadora del [Festival Internacional de Cine] de Mar del Plata en enero del 2023. Justo estábamos terminando Kinra y yo le mandé un corte. No me dijo nada, así que seguí enviando la película a Work in Progress y no nos seleccionaban. El Festival de Cine de Lima tampoco nos había seleccionado. Dije que ya no iba a mandar a más festivales, hasta ahí nada más. Justo por esa fecha estaba por cerrar Mar del Plata. Lo mandé, porque la inscripción no costaba. En octubre, me llegó el correo preguntándome el status de la película y fue el momento más feliz para mí. Yo no esperaba que nos seleccionaran, yo no he estudiado cine oficialmente. Tengo muchas dudas, sigo aprendiendo. Así que, cuando recibí el correo electrónico salté en un pie, estaba muy feliz. Creo que es un premio no solo a Kinra, sino al trabajo que se viene haciendo en regiones. A las películas que se han hecho desde hace 30 años. Juanito, el huerfanito, Lágrimas de Fuego, Wiñaypacha, La Casa Rosada, son todas las películas que vienen de regiones como Ayacucho, Puno. 

El premio se dio en un contexto oscuro para el cine peruano, con el impulso por parte de los parlamentarios de esta llamada “Ley anticine” o “Ley Tudela”. ¿Qué pensaste cuando se hizo noticia este proyecto? 

Yo creo que me desanimé, porque hacer una película, en mi caso, no depende de mi inversión. Si no hubieran existido estos fondos, yo no podría hacer películas. Quizá cortos con mi celular o con una camarita pequeña de video. La empresa privada no invierte en películas que no necesariamente buscan ser masivas en el circuito comercial. Muchos compañeros de región tienen el deseo de hacer películas. Yo estaba con algunos compañeros diciéndoles que postulen a los fondos. Realmente es un bajón grande porque, gracias a esos estímulos económicos, podemos creer en la posibilidad de hacer una película, a pesar de que no hay un ecosistema fuerte. En Cusco, no hay empresas de postproducción, no hay 20 directores de fotografía que puedes escoger. 

¿Qué expectativas tienes para la llegada de Kinra a los cines peruanos? 

Creo que no tengo expectativas o trato de no tenerlas, porque en los cines no hay una competencia leal. Es difícil que una película peruana pretenda competir con las películas de Hollywood. La cantidad de dinero que se utiliza para la promoción y publicidad de una de esas películas es probablemente diez veces o cincuenta veces más que el presupuesto entero de una película peruana. No todas las películas pueden conseguir más auspicios o acceder a fondos de distribución. Solo espero que el público peruano que quiera verla, pueda ir a verla en pantalla grande y aquellos que quizá no, que le puedan dar una oportunidad. 

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