En el centro histórico de Cusco, la obra del artista guatemalteco Alexander Zuleta dialoga con las civilizaciones precolombinas, el caos creativo y la memoria cultural, en una muestra curada por la historiadora del arte Mikey Rico que conecta identidad, herencia indígena y transformación cultural.
En la galería del Museo del Banco de la Nación del Perú, a pocos pasos de las piedras que sostienen siglos de historia, el pintor guatemalteco Alexander Zuleta presenta “La rosa del mar porque el mundo deseaba terminar”, una exhibición que no se limita a ocupar un espacio: lo interroga. La ciudad de Cusco, con su densidad simbólica y su memoria viva, funciona aquí como un marco inevitable y, al mismo tiempo, como un interlocutor silencioso.
Curada por la historiadora del arte Mikey Rico, la muestra reúne piezas que Zuleta ha trabajado a lo largo de los últimos años y que, aunque forman parte de su archivo personal, encuentran en este contexto una nueva lectura. “Mis piezas están inspiradas en la rica historia de las civilizaciones precolombinas, americanas como los incas, mayas y mexicas-aztecas”, explica el artista en comunicación telefónica con Forbes Perú. En ellas explora mitologías, estructuras sociales y tensiones profundas entre orden y caos, una dualidad que atraviesa tanto a las antiguas culturas como a la experiencia contemporánea.
Ese interés por el caos no es solo simbólico, ya que Zuleta reconoce la influencia de los conceptos desarrollados por el matemático Ralph Abraham, que lo llevaron a pensar las transformaciones y el dinamismo inherentes a toda sociedad. A ese andamiaje teórico se suma una resonancia literaria inesperada: la obra de Bob Dylan. “Sus temas de lucha y cambio se pueden comparar con las experiencias de estas civilizaciones”, señala el artista, trazando un puente entre la canción popular y la historia ancestral.

Cuando el caos, la memoria y el arte antiguo vuelven a encontrarse en Cusco
Con este contexto, hay que decir que las piezas expuestas invitan a una lectura múltiple. Por un lado, establecen una conexión cultural con el pasado indígena y su herencia; por otro, proponen una exploración del caos, como fuerza creativa que convive con el equilibrio. En definitiva, la obra del colorido Zuleta, aborda la identidad y la memoria, interpelando al espectador sobre cómo la historia influye en la percepción individual y colectiva. “Estas piezas fomentan un diálogo y la conexión de cada espectador con estos temas”, resume Zuleta.
El recorrido del artista es amplio y diverso. La mayoría de sus obras forman parte de colecciones privadas, fundaciones, galerías y museos, además de proyectos corporativos y comunitarios en distintos países. “Mi objetivo es que estas piezas sean accesibles para el público”, afirma, subrayando una vocación que excede el circuito tradicional del arte y busca llegar a audiencias más amplias.


Pero Zuleta no solo se enfoca en la pintura, y es la escultura donde el guatemalteco se mueve con libertad. La primera, le permite explorar el color y la forma en dos dimensiones, y la segunda, involucrar el espacio y la relación física con el observador. “Puedo alternar entre ambas según la inspiración y el concepto que deseo desarrollar”, dice, sin establecer jerarquías entre disciplinas.
Con esta muestra, el inicio de 2026 marca un punto de inflexión en su agenda: “Cusco es el punto de partida de un año que continuará con una exhibición en Europa, en Viena”, confía. Cuando no pinta, el artista encuentra estímulo en el deporte, la lectura y los viajes, actividades que —como la naturaleza—, alimentan su imaginario creativo.
En “La rosa del mar porque el mundo deseaba terminar”, Zuleta no ofrece respuestas cerradas, sino que propone un espacio de contemplación donde el pasado precolombino, el pensamiento contemporáneo y la experiencia personal se entrelazan. Esta vez, desde el corazón de Cusco, su obra recuerda que la historia no es un vestigio inmóvil, sino una fuerza viva que sigue modelando el presente.
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