El CEO Dave Ricks convirtió a Eli Lilly en la primera compañía farmacéutica en alcanzar una capitalización bursátil de un billón de dólares, gracias a sus exitosos fármacos para la pérdida de peso y la diabetes.
Como director ejecutivo de la mayor y más exitosa empresa farmacéutica del planeta, Dave Ricks dedica, sin duda, mucho tiempo a reflexionar sobre el riesgo.
Los medicamentos de Eli Lilly para la pérdida de peso y la diabetes alcanzaron un éxito que supera cualquier expectativa. Sus ingresos de los últimos 12 meses (hasta el 30 de junio) aumentaron un 50%, alcanzando los 79.700 millones de dólares; de esta cifra, Zepbound (para la pérdida de peso) y Mounjaro (para la diabetes) representan el 62% del total. En noviembre de 2025, su capitalización bursátil superó el billón de dólares, convirtiéndose en la primera compañía farmacéutica en lograrlo (actualmente ronda los 1,1 billones).
Lilly tiene preparados otros fármacos revolucionarios para la pérdida de peso. En abril, la FDA aprobó un medicamento en pastilla llamado Foundayo. Asimismo, la empresa planea presentar ante la FDA, en el primer trimestre de 2027, un fármaco experimental de nueva generación: la retatrutida. (El entusiasmo por la “reta” —como se le conoce en internet— es tal que hay personas que, en el mercado negro, compran sustancias que aseguran ser este medicamento).
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Pero el tiempo corre. Todos los fármacos tienen una vida útil limitada debido al funcionamiento de las patentes farmacéuticas. Es probable que, en algún momento de la década de 2030, el mercado en auge de sus medicamentos para la pérdida de peso se desplome ante la llegada masiva de versiones genéricas.
Ahora, la gran pregunta —valorada en un billón de dólares— para Lilly es cómo desarrollar, o adquirir, una cartera de fármacos que permita mantener su extraordinario éxito. Ricks, de 59 años y cuya participación personal en Lilly está valorada en cerca de 700 millones de dólares, lleva pensando en cómo prepararse para este momento desde antes de asumir la dirección de la compañía en 2017.
“Es el desafío decisivo”, afirma Ricks a Forbes en una entrevista realizada en la planta ejecutiva de la sede central de Lilly en Indianápolis, donde cuelgan de las paredes los retratos formales de los diez directores ejecutivos que precedieron a Ricks en el cargo. “Si vemos que no estamos logrando hacerlo, entonces deberíamos devolver el dinero a los accionistas y reducir nuestro tamaño; pero, por ahora, no estoy planteándome esa opción”.

En cambio, la empresa se encuentra en una fase de inversión. En lo que va de año, Lilly ha cerrado 31 operaciones —entre ellas 14 adquisiciones y 17 acuerdos de licencia—, desembolsando un total de 18.000 millones de dólares para impulsar su cartera de productos en desarrollo. Esta cifra más que cuadruplica los 4.000 millones que destinó a 39 operaciones durante todo el año pasado. (Estas cifras no incluyen los pagos contingentes ni los hitos —habituales en los acuerdos del sector farmacéutico— que aún no se alcanzaron).
La compañía invirtió no solo en áreas consolidadas, como la oncología y la neurología, sino también en campos más experimentales, como los psicodélicos y los trastornos del sueño.
“El día del lanzamiento no es demasiado pronto para empezar a trabajar en el siguiente gran proyecto”.Dave Ricks, director ejecutivo de Eli Lilly
Mientras tanto, aumentó su inversión interna en I+D —la máxima prioridad de Ricks—, pasando de 11.000 millones de dólares en 2024 a 13.300 millones en 2025. En el primer semestre de este año, destinó 7.300 millones a este fin, un 21% más que en el mismo periodo del año anterior.
“Invertiremos en I+D aproximadamente el triple de lo que gastamos en 2021; se trata de una curva de crecimiento importante, lo que significa que, en el futuro, Lilly debería lanzar al mercado tres veces más productos y medicamentos”, afirma Ricks.
No existe una cifra presupuestaria total que se haya fijado como objetivo; en su lugar, la empresa calcula el coste necesario para llevar a cabo los proyectos que desea desarrollar.
Sentado al otro lado de la mesa en la sala de conferencias, Ricks se muestra a la vez encantador e intenso. Durante los casi diez años que lleva al frente de Lilly, supo desenvolverse con éxito en la compleja dinámica política del sector farmacéutico, llegando a acuerdos con el presidente Trump para reducir los precios y ampliar la capacidad de fabricación en Estados Unidos. Trump lo ha calificado como “un ejecutivo increíble, una persona increíble”.
Ahora, Ricks busca replicar parte de la estrategia empleada con los fármacos GLP-1. Los medicamentos para la pérdida de peso demuestran cada vez más beneficios adicionales para la salud, como una mejora en la salud cardiovascular. Algunas de las iniciativas de futuro de Lilly tienen un enfoque igualmente preventivo: la empresa está invirtiendo en fármacos para los trastornos del sueño, que, de acuerdo con los científicos, influyen profundamente en la salud general. En sus laboratorios, trabaja en nuevos métodos para tratar el alzhéimer en etapas más tempranas, así como en una terapia capaz de desactivar permanentemente un gen en el hígado para reducir el colesterol “malo”.
“Gracias a nuestro horizonte temporal y a la cantidad de recursos de los que disponemos, contamos con una cierta ventaja estratégica frente a cualquier otro”, afirma Ricks. “Otras compañías farmacéuticas cierran muchos acuerdos e invierten grandes sumas en I+D, pero lo hacen con un horizonte de cero a cinco años. Tienen la urgencia de resolver problemas en su cuenta de resultados a los que pronto se enfrentarán. Aquí, en cambio, no tenemos esa presión”.
“En el sector farmacéutico, hoy por hoy, tienen más capacidad de acción que nadie en el planeta”.Bryan Roberts, socio de Venrock
Esto permite a Lilly invertir en fármacos que se encuentran en fases más tempranas de su desarrollo clínico. Aunque conllevan mayores riesgos, estos tratamientos ofrecen el potencial de lograr avances más significativos y obtener una mayor rentabilidad. Asimismo, permite a Lilly apostar fuerte por la inteligencia artificial aplicada al desarrollo de fármacos, lo que incluye una alianza de 1.000 millones de dólares con Nvidia para crear un nuevo laboratorio de innovación en IA. A principios de este año, Ricks señaló que no esperaba ver resultados tangibles hasta la década de 2030.
Un ejemplo de ello es la adquisición de Kelonia Therapeutics por parte de Lilly esta primavera. El pasado mes de diciembre, durante un congreso científico sobre trastornos sanguíneos celebrado en Orlando (Florida), esta empresa biotecnológica —respaldada por capital riesgo— presentó datos clínicos preliminares de una terapia celular de dosis única para tratar el mieloma múltiple, un tipo de cáncer.
El estudio incluyó solo a cuatro pacientes, pero todos mostraron una respuesta sorprendente al tratamiento, sin rastro alguno de cáncer posteriormente. “Al verlo, dijimos: ‘¡Vaya, es increíble!’. Los llamamos de inmediato”, comenta Jake Van Naarden, director de desarrollo corporativo de Lilly y principal responsable de sus acuerdos comerciales.
En un plazo de cuatro meses, Lilly llegó a un acuerdo para adquirir Kelonia por 3.250 millones de dólares de pago inicial, con la posibilidad de alcanzar hasta 7.000 millones si el medicamento logra superar diversos hitos clínicos y comerciales. La startup había recaudado anteriormente 58 millones, con una valoración de 104 millones de dólares en su última ronda de financiación, realizada en 2022, de acuerdo con la base de datos de capital riesgo PitchBook.
“Ahora cuentan con más capacidad de acción en el sector farmacéutico que nadie más en el planeta”, afirma Bryan Roberts, socio de Venrock, la firma de capital riesgo que incubó y financió a Kelonia. “El riesgo es: bueno, ¿quién querría ser la persona bajo cuyo mandato se produzca el mayor ‘abismo de patentes’ y la mayor caída de ingresos de la historia?”.
Si caminas por Pearl Street, en el centro de Indianápolis, te encontrarás con una placa de bronce que señala un lugar histórico: es allí donde el coronel Eli Lilly, químico farmacéutico y veterano de la Guerra Civil estadounidense, fundó en 1876 la empresa que lleva su nombre. La compañía concede gran importancia a esa historia; de hecho, su logotipo actual es una versión estilizada de la firma del coronel. A un kilómetro y medio aproximadamente hacia el sur, llegarás a la moderna sede central de la empresa, cuya presencia es tan imponente que cuenta con su propio código postal.

Un museo corporativo en la planta baja rinde homenaje a los cuatro miembros de la familia Lilly que ocuparon el cargo de director ejecutivo (CEO) de la empresa y presidieron sus hitos históricos a lo largo de los últimos 150 años. Durante la Segunda Guerra Mundial, Lilly produjo penicilina a gran escala.
En enero de 1988, lanzó el antidepresivo Prozac, demostrando que modificar la química cerebral podía tratar la depresión mayor con mayor eficacia que la terapia conversacional por sí sola. Y, aunque su gran competidor, Novo, se le adelantó en el mercado en 2017 con Ozempic —un fármaco para la diabetes que se convirtió en el medicamento de tipo GLP-1 más reconocido a nivel mundial—, fue Lilly quien revolucionó el sector de los tratamientos para la pérdida de peso.
Una encuesta de la KFF realizada el pasado noviembre reveló que uno de cada ocho adultos utiliza un fármaco GLP-1, y Lilly posee la mayor cuota de mercado.
“Creo que podemos cambiar radicalmente lo que significa envejecer”.Dan Skovronsky, director científico y de productos de Lilly
A principios de este año, la principal franquicia de fármacos GLP-1 de Lilly —que incluye tanto Mounjaro como Zepbound— superó a Keytruda, el exitoso medicamento contra el cáncer, para convertirse en el fármaco más vendido del mundo.
“Al observar esta categoría de medicamentos, pienso: ‘Bueno, a lo largo de la historia de la humanidad, no ha habido muchas categorías de fármacos que hayan tenido un impacto tan profundo’”, comenta Ricks. “En cierto modo, es la primera intervención de salud preventiva a gran escala que realmente funciona”.
Ricks, quien lleva 30 años en Lilly, nació en Bloomington (Indiana) y creció en el área de la bahía de San Francisco; se incorporó a la empresa cuando tenía poco más de veinte años. Comenzó en 1996 como asociado de desarrollo de negocio, tras un breve paso por IBM en Nueva York, y posteriormente fue ascendiendo en la escala ejecutiva. Aunque no es científico de formación, posee una licenciatura en gestión industrial por la Universidad Purdue y un máster en administración de empresas (MBA) por la Universidad de Indiana.
Como séptimo director ejecutivo (CEO) de la compañía que no pertenece a la familia fundadora, Ricks impulsó a la empresa a actuar con mayor rapidez, a invertir de forma más agresiva en investigación clínica y a dirigirse directamente a los consumidores. En 2024, lanzó LillyDirect, un programa de farmacia en línea que permite a los pacientes solicitar sus medicamentos para la diabetes y la pérdida de peso directamente a la compañía y recibirlos en la puerta de su casa. Además, ha dedicado gran parte de su tiempo a planificar el futuro.
“Cuando uno se acerca al final de ese ciclo (de patentes), ya es demasiado tarde; entonces se recurre a medidas desesperadas que resultan absurdas y no funcionan”.Dave Ricks, CEO de Eli Lilly
Antes de convertirse en director ejecutivo hace nueve años, Ricks estaba a cargo de la división que fabricaba antidepresivos, en una época en la que dichos fármacos representaban un negocio enorme para Lilly. La empresa había desarrollado otros medicamentos tras el lanzamiento del Prozac, pero, con el tiempo, las patentes de estos expiraron. El antipsicótico Zyprexa perdió su protección en 2011, seguido por el antidepresivo Cymbalta en 2013.
“Crecí dentro de la empresa en una época en la que afrontamos dos importantes vencimientos de patentes para los que no estábamos bien preparados», comenta Ricks. Fue un periodo durísimo, al que internamente se referían como los “años YZ” (la pérdida de la patente del Prozac en 2001 se denominaba “año X”).
En tres años, la unidad de negocio perdió el 60 % de la rentabilidad de la compañía, recuerda Ricks. A él le tocó recortar personal y cancelar proyectos de investigación. “No es algo agradable de hacer”, afirma. “Si nuestra razón de ser es crear medicamentos, esto no es crear medicamentos. Es todo lo contrario: es reducirse para poder sobrevivir”.
Cuando Ricks fue ascendido a director ejecutivo en 2017, esa experiencia aún estaba presente en su mente. La empresa había registrado patentes para su molécula GLP-1, la tirzepatida, pero aún no había obtenido la aprobación para los fármacos correspondientes: Mounjaro (para la diabetes) y Zepbound (para la obesidad). No obstante, Lilly ya se estaba preparando para diversificarse, incluso durante la etapa previa al lanzamiento de Zepbound en 2023.
“El día del lanzamiento no es demasiado pronto para empezar a trabajar en el siguiente gran proyecto, aunque este pueda materializarse 12 años después”, afirma Ricks. “Porque, cuando uno llega al final de ese ciclo, ya es demasiado tarde y se acaba recurriendo a medidas desesperadas que resultan absurdas y no funcionan”.
En junio, Lilly incursionó en el sector de los fármacos para el sueño mediante la adquisición de Centessa Pharmaceuticals por un pago inicial de 6.300 millones de dólares, más otros 1.500 millones sujetos al cumplimiento de determinados hitos (conocidos en el sector como “biobucks”).
Centessa, fundada en 2020, está desarrollando un fármaco oral dirigido a tratar la narcolepsia, un trastorno del sueño grave y relativamente poco frecuente. Se trata de uno de los medicamentos de una nueva clase que actúan sobre la orexina, un mensajero químico que regula el estado de vigilia, el sueño y el tono muscular.
En cierto modo, la incursión de Lilly en el ámbito del sueño guarda paralelismos con su apuesta inicial por el tratamiento de la obesidad. Pasamos aproximadamente un tercio de nuestra vida durmiendo; sin embargo, hasta hace poco, el tratamiento de los trastornos del sueño había permanecido en un segundo plano. No obstante, la investigación demuestra cada vez más que las alteraciones y disfunciones del sueño —al igual que ocurre con la obesidad— derivan en otros problemas de salud. Ricks y su equipo consideran que el fármaco de Centessa podría servir como punto de partida para desarrollar tratamientos destinados a personas con trastornos del sueño menos graves.
“¿A cuántas personas conocemos que tengan problemas de sueño? A todo el mundo. Es, por tanto, un problema importante que, además, conduce a otras enfermedades. Provoca problemas de salud mental y, de hecho, agrava afecciones como la demencia o los trastornos de la memoria y el pensamiento. El TDAH y otros problemas conductuales suelen desencadenarse por la alteración de los patrones de sueño”, señala Ricks. “Así que, bueno, es un campo interesante. Y, aunque el mercado del sueño sea pequeño, eso no nos disuade; al contrario, nos resulta atractivo”.
Los psicodélicos constituyen otra área de interés. En julio, Lilly anunció su intención de adquirir AtaiBeckley —una empresa con sede en Nueva York dedicada a los psicodélicos— por un pago inicial de 2.800 millones de dólares (más hasta 1.000 millones adicionales sujetos a hitos).

El fármaco de esta compañía, un aerosol nasal para la depresión resistente al tratamiento, se encuentra actualmente en ensayos clínicos de fase 3. Esta iniciativa de Lilly se produce tras la aprobación, por parte de la FDA en 2019, de Spravato —un aerosol nasal derivado de la ketamina desarrollado por Johnson & Johnson—, también indicado para la depresión.
“Creo que todo el mundo se acerca al ámbito de los psicodélicos con ciertos prejuicios, debido a la reputación que tienen”, comenta Van Naarden, principal responsable de acuerdos estratégicos en Lilly. Sin embargo, a medida que sus equipos de investigación profundizaron en el tema, descubrieron no solo casos de personas que viajaban a clínicas en México para acceder a versiones no reguladas de estas sustancias, sino también resultados positivos provenientes de ensayos clínicos iniciales con el fármaco de AtaiBeckley.
“Se está produciendo un cambio social en la percepción de estos medicamentos”, señala Van Naarden. “Si hace 20 años esto se consideraba poco más que charlatanería clandestina, creo que esa ya no es la situación… Se trata, sencillamente, de un campo legítimo de la medicina. Y creo que los psiquiatras están sumamente entusiasmados con esto”.
A finales de agosto, en la sede central de Eli Lilly en Indianápolis, Andrew Adams —vicepresidente del grupo de descubrimiento de moléculas de la compañía— muestra uno de los laboratorios de investigación de la empresa. Un grupo de científicos, ataviados con batas y gafas de protección, trabaja intensamente en el desarrollo de nuevos fármacos para enfermedades neurodegenerativas.
Desde hace unos 35 años, Lilly trabaja incansablemente en tratamientos para el alzhéimer. Se trata tanto de una necesidad urgente como de un mercado potencialmente enorme: más de 55 millones de personas en todo el mundo padecen alzhéimer u otra forma de demencia, una cifra que, según las previsiones, alcanzará los 78 millones para 2030. Sin embargo, los intentos por desarrollar medicamentos para estos pacientes han estado marcados por una larga serie de fracasos.
El fármaco de Lilly, Kisunla —aprobado en 2024 y diseñado para ralentizar la progresión de la enfermedad mediante el ataque a las placas amiloides—, es apenas el segundo medicamento importante de este tipo en llegar al mercado. Sus ventas anuales se acercan ya a los 500 millones de dólares, y los analistas esperan que se convierta en un éxito comercial rotundo.
En el laboratorio, los científicos de Lilly buscaron formas de actuar sobre una proteína llamada tau, la cual, en los pacientes con alzhéimer, forma ovillos. Adams explica que ha sido extremadamente difícil desarrollar fármacos contra la proteína tau, ya que esta se encuentra en el interior de las neuronas, lo que dificulta su acceso. Actualmente, Lilly cuenta con un medicamento en fase inicial que aborda la enfermedad desde una perspectiva genética.
El verano pasado, Lilly y su socio en el desarrollo, Roche, obtuvieron la aprobación de la FDA para una prueba sanguínea capaz de identificar una variante modificada de la proteína tau —un marcador de la enfermedad—, lo que abre la puerta a un diagnóstico más temprano.
“Creo que podemos cambiar radicalmente lo que significa envejecer”, afirma Dan Skovronsky, director científico y de productos de Lilly. “Podríamos llegar a un mundo en el que no tengamos que temer al alzhéimer”.
Adams, responsable de liderar el descubrimiento de nuevos medicamentos en Lilly y jefe de investigación en las áreas de dolor y neurodegeneración, añade: “El futuro está en la prevención. Hacia ahí es hacia donde quiero reorientar esta compañía”.
En 2020, tras haber ocupado el cargo principal durante algunos años, Ricks analizó la división de oncología: no estaba funcionando bien, pues solo lograba producir un fármaco importante por década, a pesar de la fuerte inversión en I+D. Le pidió a Van Naarden —quien se había incorporado a la empresa en 2019, tras la adquisición de un laboratorio especializado en tratamientos oncológicos— que determinara qué medidas tomar.
“Cancelamos prácticamente todos los programas de la cartera”, recuerda Van Naarden. “Y empezamos de cero”.
Hoy en día, la cartera de oncología de Lilly cuenta con nueve moléculas en ensayos de fase 3 para seis tipos distintos de cáncer —incluidos el de mama y el de pulmón—, además de decenas de otras en fases iniciales de ensayos clínicos.
“En los próximos 12 meses, es probable que obtengamos resultados de siete nuevos fármacos que se encuentran en etapas avanzadas de desarrollo”, señala Van Naarden. Incluso para una empresa del tamaño de Lilly, es una cifra considerable.
El desarrollo de fármacos es una apuesta arriesgada: por lo general, nueve de cada diez medicamentos fracasan en los ensayos clínicos. Por muy prometedores que parezcan los estudios iniciales, Lilly no puede limitarse a apostar únicamente por el alzhéimer o los trastornos del sueño para sustituir al que fue su fármaco más exitoso de la historia. Sin embargo, gracias a decenas de tratamientos en desarrollo —a los que se suman otros tantos en fase de laboratorio y una intensa actividad de adquisiciones—, Ricks confía en dar con el próximo gran avance —ya sea una penicilina, un Prozac o un fármaco tipo GLP-1—, prolongando así, durante las próximas décadas, la extraordinaria trayectoria de Lilly.
