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Director general de la OIT: “No hay ninguna lógica que apoye la idea de que la informalidad es un elemento positivo”

Tras 10 años velando por el bienestar laboral de cada habitante del planeta, el británico Guy Ryder habló con Forbes Colombia para hacer un balance de su periodo al frente de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que incluyó una transformación inédita de la institución y dificultades que sus predecesores jamás imaginaron enfrentar.

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Director general de la OIT: “No hay ninguna lógica que apoye la idea de que la informalidad es un elemento positivo”
Guy Ryder, director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Foto: Foto: Marcel Crozet.

“La gente dice que el optimismo es una obligación y un deber. Yo soy optimista”. La frase adquiere sentido al ver la tranquilidad del director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Guy Ryder, al atender la entrevista de Forbes desde sus oficinas en Ginebra (Suiza), en medio de una de las crisis laborales más duras de la historia y de desafíos enormes en todos los frentes, que incluyen una crisis económica y una guerra que amenaza con escalar a mundial.

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Ryder, que completa casi una década al frente de este organismo de la ONU, aborda las cuestiones actuales con un espíritu revolucionario que se ha curtido con los años. Antes de su llegada a la OIT se desempeñó como secretario general de la Confederación Sindical Internacional (CSI) en 2006, cargo al que llegó tras abrirse camino en movimientos sindicales británicos desde su natal Liverpool.

De ahí, dio el salto a la OIT como director ejecutivo con responsabilidades sobre las normas internacionales del trabajo, temas en los que se enfocó desde el inicio de su carrera hasta convertirse en la cabeza del organismo el 1 de octubre de 2012. Tras una reelección en 2017, cerrará su ciclo este 30 de septiembre.

Para cuando inició sus labores como director general, trató de compaginar la continuidad de las gestiones de su predecesor, el chileno Juan Somavía, pero ajustando la institución.

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“Sentí que era necesario hacer una reorganización interna, que quizá no sea la parte más emocionante del mandato cuando se ve desde fuera, pero también llegué al cargo sabiendo que venía la celebración de un centenario”, relató Ryder sobre los 100 años de la OIT, celebrados el 11 de abril de 2019.

Con eso en mente, decidió lanzar una nueva iniciativa sobre el futuro del trabajo, examinando “cómo nos gustaría que fuera y cómo podríamos darle forma”. Resaltó la necesidad de invertir en las capacidades y educación de las personas, con más protección social y la cuestión de la igualdad de género, que se debe tomar más en serio.

“Tenemos que invertir en lo que llamamos las instituciones del trabajo, las normas y los procesos de negociación, que tienen que estar al día y reflejar las realidades que se transforman muy rápidamente en el mundo. Luego están los empleos decentes del futuro y la economía verde, con la neutralidad del carbono, el cuidado y la salud en mente. Esto desde un punto de vista prepandémico”, dijo.

Grandes cambios en la industria

Las ideas de renovación de Ryder estaban pensadas antes de que el covid-19 tocara a la puerta. Por eso, la pandemia aceleró el proceso por tres razones que dieron un vuelco al mundo del trabajo: el cambio climático, la digitalización y la transformación demográfica.

La primera apunta a la necesidad de llevar el mundo del trabajo a la neutralidad climática de manera planificada, y no como algo presionado por la inminencia de la catástrofe. En este aspecto, no se puede ignorar que el mundo aún no ha cumplido el compromiso de financiación anual por US$ 100.000 millones a los países en desarrollo.

“Cuando trabajaba en el movimiento obrero, muy a menudo la gente no podía aceptar la legitimidad de la acción sobre el cambio climático. Esto va ligado al miedo de los Gobiernos sobre la posibilidad de que vaya a costar puestos de trabajo y atente contra el bienestar de los trabajadores. Eso ha desaparecido, y no digo que tengamos todas las respuestas a lo que tenemos que hacer, pues la gente ha escapado de esta falsa lógica de que tenemos que hacer una elección”, dijo Ryder.

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El segundo motor de cambio es la tecnología, que ha tomado una nueva dimensión a través de la digitalización y las inteligencias artificiales. Aquí el temor se refiere a la destrucción de empleos, que siempre es una preocupación en el momento de implementar la Cuarta Revolución Industrial.

“Nos enfrentamos hoy con una revolución tecnológica, y simplemente cambiando la cantidad de puestos de trabajo disponibles está cambiando la naturaleza del trabajo y la forma en que emprendemos. Esto nos lleva a todas las cuestiones que la pandemia ha puesto en el punto de mira del trabajo a distancia”, comentó.

Para expresar el tercer punto, Ryder se refiere a la preocupación de la gente, sobre todo en los países del norte, por las consecuencias del envejecimiento de la población y la sostenibilidad de los sistemas de protección social. “De alguna manera, están pendientes de los dividendos de los jóvenes, lo que plantea cuestiones diferentes sobre el empleo de las nuevas generaciones y cuestiones relacionadas con ello”.

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Si se juntan estas dos experiencias divergentes se llega a la migración y la movilidad humana, escenario que Ryder describió como “una presión diferente”. En el primer caso, sostuvo que los Gobiernos a nivel global siguen sin gestionar bien estos procesos, lo que ha conducido a una creciente negatividad hacia los fenómenos migratorios, cuando deberían ser un elemento positivo de la economía global.

A eso hay que unirle “un proceso de recuperación muy extraño” tras el impacto de la pandemia. Mientras que las cifras en gran parte del mundo reflejan un crecimiento superior al 4,5%, lo que suena como una recuperación muy sólida se ve en realidad como incompleta, si se mira desde la perspectiva del mercado laboral.

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Sobre este asunto, Ryder destacó que la OIT ha seguido el impacto de la pandemia en los mercados laborales a partir de 2020, basando su métrica en el número de horas realmente trabajadas en el mundo. Bajo esa perspectiva, el esquema laboral revela una pérdida de 258 millones de puestos de trabajo a tiempo completo para 2020, cifra que bajó en 2021 a 225 millones. Para 2022, el ejecutivo prevé que el número se reducirá a 52 millones, aunque aclaró que estas cifras están “muy por debajo de los niveles prepandémicos”.

En esa recuperación incompleta, Ryder no solo observó el aumento del desempleo, sino que también se enfocó en los altos niveles de inactividad y es ahí donde se ven los mayores focos de desigualdad. “Mientras que los países más ricos y las economías avanzadas están yendo con relativa rapidez y de forma impresionante, las economías emergentes apenas luchan por volver a lo que eran antes”, afirmó.

Recuperación a dos velocidades

“Esta situación es peligrosa por dos razones: los países más avanzados del mundo tienen más recursos físicos para invertir en la recuperación, y hay una aplicación desigual de las vacunas contra el covid-19 que se deja atrás de manera francamente inaceptable y perjudicial”, explicó.

Para corregir estos desequilibrios, el ejecutivo destacó que se tienen instrumentos a la mano. Un ejemplo fue la emisión de capital por US$ 650.000 millones del Fondo Monetario Internacional (FMI) con derechos especiales de giro. Al respecto, sostuvo que esa liquidez tiene que ser obtenida “de los países que la recibieron y necesitan utilizarla para los fines que se requieren”.

Ese debate de financiación llega en medio de una crisis inflacionaria que obliga a hacer un análisis del porqué de la misma. Si bien todo apunta a que las cadenas de suministro no se están desbloqueando lo suficientemente rápido como para seguir el ritmo de la demanda pospandemia, el aumento de los precios de la energía y los acontecimientos en Ucrania dejan entrever que no estamos al final de los problemas.

¿Por qué es importante? Para Ryder, el escenario actual plantea una reducción en los aumentos de las tasas de interés, que “ya hemos visto que va a exacerbar las dificultades financieras del mundo en desarrollo”. Citó la advertencia del Banco Mundial sobre un inminente estrés con la deuda, y detalló que, si a la pandemia le sigue un colapso financiero a gran escala, las consecuencias podrían ser “dramáticas”.

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“La subida de los precios provocará una bajada de los salarios y se producirá el clásico ciclo de espera de la espiral inflacionista. También es difícil cuando los trabajadores han sufrido mucho por el virus, y es difícil persuadirlos de que lo correcto es sacrificar aún más su bienestar para aceptar aumentos salariales significativamente por detrás del coste de vida”, comentó.

Para poner todas las cartas sobre la mesa en este panorama, hay que resaltar que hasta 53% de las personas en el mundo no tienen ningún tipo de protección social. Unido a ello, el 60% de la mano de obra mundial trabaja en la informalidad, generalmente sin este mecanismo de cobertura.

Ante dicho escenario, la ambición de la OIT es poner en marcha un proceso de protección social universal en el que se puedan hacer tres cosas: combinar la movilización de recursos internos, crear una asistencia social de base fiscal más amplia a la par de los sistemas de seguro social, y configurar un movimiento global para crear una agenda política seria.

Además de los trabajadores, Ryder no descarta que esta movilización de recursos también deba dirigirse a la sostenibilidad de las empresas. Esto implica potenciar habilidades para invertir en servicios de salud y atención para superar la pandemia, y resalta el hecho de que los Gobiernos, en particular en el mundo desarrollado, han invertido tanto en el apoyo al empleo entrante de los trabajadores como en la supervivencia de las compañías.

“El compromiso de US$ 19 billones con estos objetivos es enorme. Ahora es absolutamente correcto invertir en la protección de los trabajadores para invertir en el apoyo a las empresas. Tenemos que ser cada vez más selectivos y asegurarnos de que se eliminan este tipo de ayudas”, resaltó el directivo.

El caso de América Latina

En la otra cara de la moneda, tenemos una región con índices de informalidad de 70%, lo que indica una regresión que debe convertir a la formalización en una prioridad política consciente y deliberada. A esto hay que agregarle que las condiciones económicas que prevalecen no son las más favorables, tanto en el curso de la pandemia como en la crisis inflacionaria, por lo que “hay que volver al trabajo”.

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“No hay ninguna lógica que apoye la idea de que la informalidad es un elemento positivo, pues la formalidad es una incubadora de dinamismo e inclusión social. Por eso es necesario llevar esta lucha a un nuevo nivel que la tome en serio”, aseveró Ryder.

Sobre el caso colombiano, con una tasa de informalidad del 48,6%, el ejecutivo detalló que la economía informal y las estrategias de supervivencia que la caracterizan no son una buena respuesta a esta crisis, más aún con el potencial que la OIT ve en el país.

“He visto con frecuencia el impacto previo del conflicto y la disrupción en el país, además del potencial empresarial que se ve si se viaja a Medellín, donde he visto proyectos de educación y emprendimiento. Mi convicción con Colombia es que es capaz de lidiar con sus demonios sociales. Hay un potencial extraordinario”, agregó.

A pocos meses de terminar su década al frente de la OIT, Ryder no oculta el hecho de que preferiría dejar el cargo cuando el mundo no esté luchando por salir de una crisis global, pero también se enfoca en no ser “lo suficientemente egoísta” como para creer que todo se habrá resuelto cuando salga de escena. Sus últimos 40 años de experiencia le han demostrado que los problemas siempre están alrededor.

“La organización que dirijo se basa en la idea del diálogo y la cooperación entre los Gobiernos, del trabajo, del capital y la noción de paz a través de la justicia social. Espero que esos instrumentos prevalezcan”, concluyó. 

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista digital. Puedes descargarla de forma gratuita aquí

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