El mercado laboral está cada vez más interesado en profesionales que hayan desarrollado inteligencia emocional, sepan autoliderarse, puedan trabajar en equipo y otras habilidades blandas. ¿cómo los programas de posgrado atienden esta demanda?

Las habilidades blandas, conocidas en el mundo anglosajón como soft skills, son clave en la empleabilidad de los profesionales. El estudio “Definiendo las habilidades que los ciudadanos necesitarán en el mundo futuro del trabajo”, elaborado por McKinsey a nivel global en junio de 2021, lo confirmó: contar con habilidades blandas facilita el acceso a empleo, permite obtener salarios mejores y disfrutar de una mayor satisfacción laboral.

A puertas de decirle adiós a la pandemia, los resultados de la investigación realizada en plena emergencia sanitaria se mantienen actuales. Durante 2022, las organizaciones demandaron líderes corporativos con competencias de liderazgo como impacto e influencia, comunicación estratégica y orientación a hacer que las cosas sucedan.

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Este año, la situación no será diferente, explica Diego Cubas, chairman para Latinoamérica de la firma de head-hunting Cornerstone. “De cara al 2023, se espera un perfil similar. [Es decir,] líderes que puedan manejarse en un contexto ambiguo, altamente cambiante, pero que, aun ante tales circunstancias, logren resultados”, comentó el ejecutivo, aludiendo a las conclusiones de un análisis interno de 250 ejecutivos en la región de los clientes de la firma en 2022.

En efecto, según dicha investigación, el 60 % de los participantes consideró que la adaptabilidad al cambio es la habilidad más relevante para 2023.

Las habilidades más deseadas

En Perú, las áreas de posgrado y educación ejecutiva de las universidades son conscientes de la importancia de esta condición del mercado laboral. Algunas más temprano, otras más recientemente han comenzado a incluir programas o cursos que apunten a desarrollar habilidades blandas.

Pero ¿cuáles son las habilidades blandas? Se trata de un sinnúmero de destrezas humanas. Por ejemplo, en el estudio de McKinsey, llegan a 56 y se estructuran en cuatro campos: cognitivo, interpersonal, autoliderazgo y digital. Por su lado, el ingeniero civil y coach ejecutivo David Fischman, en su última publicación, Habilidades blandas a la vena, las divide en: autoconciencia (del temperamento, interna y externa y de las emociones propias), consciencia de los demás (empatía emocional y racional), autorregulación (de las emociones) y manejo de relaciones (escucha activa, manejo de conflictos, respeto proactivo y generación de seguridad psicológica).

En la UPC, de la cual Fischman es cofundador, trabajan en el desarrollo de habilidades blandas de manera transversal desde las carreras de grado, enfocándose en competencias como comunicación y pensamiento crítico. “Tenerlas [las habilidades blandas] permite mejorar el desempeño, el crecimiento profesional, agilizar la movilidad y quizá predecir el éxito laboral”, dice María Isabel Cifuentes, directora de Calidad Educativa de dicha casa de estudios. Al respecto, repara que las habilidades blandas pueden ser trabajadas a partir de juegos de simulación, aprendizaje basado en problemas, juego de roles, cuestionarios y entrevistas, tanto en la modalidad presencial como virtual.

En tanto, en las maestrías, se adquieren a partir de cursos específicos obligatorios de liderazgo, ética, coaching y negociación, dice Ricardo Pino, director académico de la Escuela de Postgrado de la UPC. “El mundo es cada vez más complejo y, por tanto, las empresas necesitan contar con más especialistas e integrarlos trabajando en equipo. Además, como la incertidumbre y la velocidad de cambio están en aumento, las personas deben ser capaces de adaptarse rápidamente a los cambios y aprender colaborativamente, unos de otros”, comenta Pino.

Peter Yamakawa, decano de ESAN Graduate School of Business, confirma los resultados del estudio de McKinsey. Además de adaptabilidad ante los cambios intempestivos, las organizaciones también buscan profesionales con pensamiento crítico, creatividad y una visión integral de los procesos de la compañía, subraya. “El pensamiento crítico es clave para cuestionarse el cómo y el por qué se hacen las cosas; la creatividad es vital para la innovación; y la visión integral de los procesos es para evitar que se trabaje de manera aislada y sin considerar cómo el trabajo de un equipo repercute en el resto”, explica.

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El académico observa que la enseñanza de habilidades blandas surgió en las universidades con la consolidación de la globalización, en la cual los vínculos profesionales trascienden las aulas. “Se necesita que las personas tengan una adecuada comunicación, sepan trabajar en equipo, sean más críticos en sus análisis. El conocimiento es un elemento más, pero ya no el más fuerte”, resalta. Cuenta que para promover la adquisición de habilidades blandas tanto en clases ordinarias como en talles especiales de posgrado emplean metodologías, como el método de caso y el aprendizaje para toda la vida. En estos últimos, se promueve la participación del alumno, para que sea el protagonista de la clase, puntualiza.

En la Universidad Nacional Agraria La Molina (UNALM) impulsan la adquisición de habilidades blandas, en particular en las carreras de postgrado, pues los posibles candidatos necesitan estar “más preparados” para ser promovidos o asumir cargos ejecutivos o gerenciales, indica Leoncio Fernández Jeri, coordinador de la Maestría en Agronegocios de esa entidad educativa. Para el también profesor de la carrera de Gestión Empresarial, las habilidades más demandadas son: liderazgo, negociación, comunicación asertiva y toma de decisiones. “Según un estudio de Michael Page Group, el 61 % de los empresarios en América Latina señala que es difícil encontrar postulantes que cumplan con las habilidades blandas necesarias. Por ejemplo, especifican que un 66,7 % no cumple con una buena inteligencia emocional”, anota.

Según el estudio de McKinsey, son los Gobiernos los que deberían asumir la misión desde la currícula escolar y preparar a las próximas generaciones de profesionales en habilidades blandas. O quizá suponga dar un paso más allá hacia un nuevo paradigma de la educación ejecutiva y especializarse, por qué no, en gestión de la emoción. Suena distinto, atrevido y, a la vez, intimidante. “En todas estas habilidades primero tenemos que aprender a ‘domar’ nuestra mente y nuestras emociones”, aconseja Fischman.

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