Alberto Ísola y Augusto Casafranca, dos grandes talentos del teatro peruano, comparten escenario por primera vez en Los argonautas, una creación colectiva sobre el encuentro, el tránsito y la muerte. Forbes conversó con sus protagonistas acerca del mensaje de la propuesta, la tecnología y el teatro en el país.
Una noche, entre cantos, danzas y memorias, dos amigos se reúnen con un objetivo en común: construir sus propias tumbas. La guerra ha atravesado sus historias y los ha conducido a esta escena, ambos son migrantes. Uno es un veterano de la Segunda Guerra Mundial que escapó de Italia desencantado. El otro huyó de la violencia de un pueblo atrapado entre dos fuegos.
Se acuestan en sus tumbas. “Qué fácil es entrar, pero qué difícil es salir”, dice uno al intentar incorporarse. “Como la vida”, responde el otro. La muerte como destino y posibilidad de reflexionar en el tránsito de la vida es la propuesta de la que parte Los argonautas, la obra ganadora del Concurso Anual de Proyectos de Creación PUCP, protagonizada por Alberto Ísola y Augusto Casafranca.

Dirigida por Rodrigo Benza, Los argonautas es una celebración al viaje, a los migrantes y al encuentro en la diferencia. Alberto Ísola interpreta a Giorgio, un hombre aparentemente endurecido que, escapando del fascismo, llega al Perú. Esta es la historia de nuestro país. “Todos somos migrantes. Si empiezas a escarbar, todos venimos de otro sitio. En el verano, hice una obra que se llama Naufragio con mis alumnos de teatro y hablaba sobre estos jóvenes africanos que cruzan el mar para entrar a Europa. Lo primero que hicimos con los chicos y las chicas fue averiguar el pasado de cada uno. Nos dimos cuenta de que, en realidad, todos veníamos de otro lado”, cuenta .
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Augusto Casafranca, integrante desde 1975 del colectivo Yuyachkani, un bastión en la experimentación teatral y la creación colectiva, da vida a Pascual, un migrante de origen andino. Con orígenes y personalidades diferentes, la tensión entre ambos personajes mueve la historia. Pero ellos bailan y cantan, haciendo emerger algo nuevo. La descoincidencia opera como germen de la existencia y el movimiento. “La coincidencia es la muerte”, escribe el filósofo François Jullien.
“Esta es una apología a todas las sangres, un homenaje a la posibilidad de sumarnos en esas diferencias y no restarnos”, comenta Casafranca. “Yo creo que el territorio de la fiesta, el territorio que concentra las distintas nervaduras de nuestra cultura ancestral, es el punto de partida para eso”, reflexiona sobre el mensaje de la creación colectiva.
Hilar memorias
Para Ísola, la experiencia ha sido nueva. “Yo nunca había hecho una creación colectiva. La gran diferencia es que vas creando el texto mientras lo ensayas. Normalmente, ensayas un texto que ya está escrito”, dice. En la libertad del proceso, el actor encontró también su mayor reto: la angustia. “El sentimiento de libertad es una cosa maravillosa, pero a veces encontraba momentos de pánico tremendo. Pensaba, ¿y ahora qué? Felizmente, Augusto y Rodrigo son personas que tienen una profunda experiencia en ese sentido. Ha sido un proceso maravilloso. He sentido temor y he sido muy feliz. De eso se trata”.


El tejido es una importante categoría de la cosmovisión andina. A este símbolo se remite el actor de Yuyachkani cuando habla de la propuesta de Los argonautas. “El tejido nos revela, nos devela. Con esta historia, estamos mostrando la posibilidad de armar tejidos en comunidad”, dice. La puesta en escena es el resultado de una creación colectiva, un tejido entre todos los integrantes del proceso.
Rodrigo Benza les pidió basar sus personajes en dos personas reales. Ísola revela que, al final, cada uno acabó hablando de su propia historia de alguna manera. La misma contradicción de su personaje la recuerda en su propio abuelo. Un hombre endurecido y, sin embargo, de una sensibilidad y ternura que no se permitía mostrar. “Ningún Ísola será nunca un saltimbanqui”, sentenció cuando se enteró de que su nieto soñaba con estudiar teatro. “La de mi abuelo es una generación de migrantes que vino a este país, como decían siempre, con una mano adelante y otra atrás. Se abrieron un espacio, pero eso tuvo un costo humano, una cierta dureza, una cierta distancia. Los genoveses tienen la fama de ser muy duros”, narra.
Con una larga trayectoria en la creación colectiva, Casafranca apuesta por convertir los espacios de cultura en lugares de reflexión y diálogo permanente. “Los matices nos deben permitir recordar que lo humano social está por delante. Si somos capaces de dialogar, nos daremos cuenta que los enemigos los tenemos también dentro. Es más fácil señalar hacia afuera, pero el trabajo está en discernir lo que está adentro de uno también”.
Renacer en la muerte
Hacer memoria es pensarse e inscribirse como parte de una colectividad. Nuestras propias historias nos remiten a las de otros. En ese sentido, hablar de la muerte es también una oportunidad para repensar en los lazos que nos unen a la vida, a la comunidad.
“Hay que reconocer que somos protagonistas de una mancomunidad, donde no hemos encontrado espacio todavía para encontrar nuestras particularidades colectivas. Somos una suma de nacionalidades”, dice Casafranca, quien ve en la construcción de una memoria social una referencia a González Prada. “Hay que tratar de reconocernos. Estamos apostando por la importancia de los recuerdos, poniendo el dedo en la llaga. No nos gustaría que salga pus de esa herida, sino hacer emerger una materia nueva”.

«Un chamánico amazónico dice que, cuando crees que todo acabó, es cuando todo vuelve a empezar. Yo creo que de eso se trata. De apostar a la posibilidad de un renacimiento al final del día. La muerte como espacio de transformación es una oportunidad para sacudir nuestro andamiaje ideológico, nuestras reflexiones religiosas y políticas”.
Augusto Casafranca, actor de Yuyachkani
¿Qué hace falta para ser como Pascual y Giorgio? ¿Para bailar en nuestras diferencias? Alberto Ísola coincide: “Yo creo que nuestro gran problema es que no escuchamos y no dejamos que otros nos escuchen. Puede parecer una cosa muy sencilla, pero olvidamos que escuchar implica poner en tela de juicio también las cosas en las que creemos. Y a nadie le gusta sentir angustia”.
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El actor y director de teatro opina que existen muchos temores, algunos justificados, por la dureza de la historia del país. Sin embargo, sostiene que sin la posibilidad de apertura, la ausencia de diálogo seguirá siendo un problema. “Existe el miedo a perder lo que supuestamente tenemos, que no es tan grande si nos ponemos a pensar. Por ello, ahora más que nunca el arte establece la posibilidad de reflexión», sostiene.
Espacios de conexión
La pandemia de la COVID-19 empujó a los artistas a buscar nuevas formas de sustento. En el caso del teatro, el telón no bajó, sino que migró de las tablas a las salas de Zoom. Atrás quedaron los días de confinamiento pero, ¿qué dejó esta temporada de una experiencia teatral inusual?
“Mi primera sensación es que ha habido más avidez por parte del público. Es como si la ausencia durante la pandemia hubiera hecho que los espectadores revaloricen la importancia de la relación cercana e inmediata que te da el teatro. Nos hemos dado cuenta de su importancia como fenómeno vivo”, cuenta Ísola, recordando la experiencia de volver a los escenarios tras la pausa que supuso pandemia.

Cuando una puerta se abre, no hay vuelta atrás. La digitalización ha abierto nuevas opciones interesantes para el sector. Un ejemplo de ello es la plataforma Escena Online, una alternativa para consumir teatro peruano desde cualquier dispositivo electrónico. Fundado por Miguel Soriano en plena pandemia, la plataforma ofrece la posibilidad de ver obras de teatro, micro obras, montajes virtuales, series, stand up, entre otros géneros.
Sin embargo, el surgimiento de puestas en escenas remotas dividió opiniones sobre si el llamado “teatro de la pandemia” seguía siendo teatro. Alberto Ísola opina que todo lo que contribuye a que el teatro avance y llegue a públicos distintos es bienvenido, aunque se mantiene cauteloso: sabe que también hay algo que corre el riesgo de sacrificarse.
“Yo nunca sentí que el teatro que se hacía virtual no era teatro. Sentí que era una de las tantas maneras en las que podía tomar forma. Fue una forma de resistir. Sin embargo, soy un purista en el sentido de que, para mí, el teatro más extraordinario es en el que se da ese contacto tan vivo e intenso”, revela.
Para Ísola, la tecnología es bienvenida cuando ayuda a resaltar las conexiones humanas, no cuando intenta suplirlas. “A veces siento que el exceso de tecnología quita esta relación tan primaria, en el mejor sentido de la palabra, que hay entre actores y espectadores, eso que nos remite de alguna manera al ritual”, enfatiza. Decía Lorca que el teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana. Un despliegue de signos y emoción, la vida es un teatro y también al revés.
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