Las organizaciones deben entender que el alto rendimiento sostenible no nace de la presión constante, sino de entornos donde las personas se sienten seguras, valoradas y capaces de dar lo mejor, explica Alfonso de los Heros, Partner Bigmond Group.

Vivimos en tiempos donde la ansiedad se ha convertido en un ruido de fondo constante. No se trata solo de un asunto personal: es organizacional, estructural y profundamente humano. Los entornos VUCA (volátiles, inciertos, complejos y ambiguos) han dejado de ser una metáfora académica y son hoy el pan de cada día en el mundo corporativo.

Y, sin darnos cuenta, muchas veces somos los líderes quienes —con nuestras urgencias, interrupciones, exigencias fuera de horario o micromanagement— generamos stress y amplificamos esa ansiedad.

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¿Cómo evitamos que la ansiedad que nos habita se derrame sobre nuestros equipos?
¿Cómo dejamos de ser generadores —o peor aún, validadores— del estrés crónico que desgasta a las personas y erosiona el desempeño? Ese es el desafío que enfrentamos en estos tiempos.

La ansiedad laboral no es anecdótica:

• Según la Organización Mundial de la Salud, la depresión y los trastornos de ansiedad cuestan a la economía mundial más de US$ 1 billón cada año en pérdida de productividad.

• Un informe de Gallup (2023) muestra que solo el 23% de los trabajadores a nivel global se sienten comprometidos con su trabajo, mientras que el 59% declara estar emocionalmente desvinculado o estresado.

• En América Latina, más del 60% de los trabajadores reporta sentir ansiedad relacionada con su empleo, según Ipsos Perú.

Pero no se trata de bajar la guardia ni renunciar a la excelencia. Se trata de entender que el alto rendimiento sostenible no nace de la presión constante, sino de entornos donde las personas se sienten seguras, valoradas y capaces de dar lo mejor. Para ello, hay prácticas sencillas pero poderosas que los líderes podemos —y debemos— cultivar:

• Concienciapara identificar las emociones propias y ser parte de la solución.

• Orden y planificación, para evitar que el caos sea parte de la cultura.

• Comunicación abierta y transparente, para conectar y construir relaciones sólidas y duraderas.

• Respeto por los horarios y los espacios personales, porque la vida no empieza ni termina con el trabajo.

• Empoderamiento real, no desde el discurso sino desde la confianza genuina.

• Tolerancia al error y aprendizaje continuo, como parte del ADN organizacional.

• Asunción de responsabilidades, sin culpas trasladadas ni liderazgos evasivos.

Una organización ansiosa es una organización que no confía. Que dice una cosa y hace otra. Que premia la inmediatez y castiga la reflexión. Que no escucha. Que vive al borde del colapso emocional, aunque celebre resultados de corto plazo.

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El liderazgo consciente, por el contrario, nos invita a estar presentes. A reconocer que nuestros equipos no son máquinas de producir, sino seres humanos que sienten, dudan, se equivocan, aprenden y crecen.  A entender que para que ellos estén bien uno debeestar bien.

Liderar en tiempos de ansiedad no es anestesiar los problemas, sino crear condiciones para enfrentarlos con serenidad, coherencia y compasión.

Porque sí: el impacto importa, pero la salud mental también. Y una cultura laboral saludable no es solo buena ética. Es buena estrategia.  Es sostenibilidad.