De acuerdo con Patricia Stuart, rectora de la Universidad de Lima, el país necesita profesionales capaces de cuestionar con altura, proponer soluciones innovadoras y comprender el impacto ético de sus decisiones.

El Perú atraviesa una etapa decisiva en su historia reciente. Los cambios sociales, económicos y tecnológicos de los últimos años nos exigen revisar con urgencia qué tipo de liderazgo estamos formando en nuestras universidades, así como qué brechas siguen limitando el desarrollo de nuestros jóvenes. Esa revisión no es sencilla: las brechas son múltiples y se entrecruzan –económicas, emocionales, digitales y territoriales– afectando directamente el derecho a una educación de calidad.

Estudiantes talentosos ven limitado su acceso a la formación superior, ya sea por falta de recursos, por la ausencia de soporte socioemocional o por dificultades para continuar sus estudios. El gran reto de las universidades es hacer de ese derecho una realidad concreta para más peruanos, sin que su acceso dependa del lugar donde viven o de sus circunstancias personales.

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En este contexto, formar líderes implica mucho más que transmitir conocimientos. Significa cultivar criterio, empatía y compromiso social. El país necesita profesionales capaces de cuestionar con altura, proponer soluciones innovadoras y comprender el impacto ético de sus decisiones. Esto requiere un modelo educativo que combine tecnología e innovación con una sólida formación humana, integrando experiencias de aprendizaje activo con una ética de la responsabilidad. Los laboratorios más modernos o los entornos digitales de punta tendrán poco impacto si no están vinculados a los grandes desafíos sociales del país.

El liderazgo que el Perú necesita se construye precisamente en esa intersección: donde la capacidad de innovar se encuentra con la conciencia social.

Actualizar los planes de estudio es, por tanto, una tarea ineludible. Las universidades debemos anticiparnos a los cambios del mercado laboral, especialmente en un contexto multicultural y tecnológico, alineando los perfiles de egreso con las competencias que los sectores productivos valoran. No obstante, esa actualización no puede ser únicamente técnica. Hoy, las organizaciones también buscan habilidades como la comunicación efectiva, la resolución de problemas, la inteligencia emocional y el trabajo en equipo. Estas capacidades deben estar al centro de la experiencia universitaria, como complementos y ejes transversales de toda la formación.

El debate en torno al uso de la inteligencia artificial en las aulas es un ejemplo claro de este reto. Prohibirla resulta estéril. Lo que corresponde es enseñar a utilizarla con responsabilidad, evaluar fuentes, reconocer sesgos y fomentar el pensamiento crítico. Así, la ética y el discernimiento dejan de ser conceptos teóricos y se convierten en competencias prácticas para el liderazgo del futuro.

Mirando hacia los próximos diez años, hay prioridades que no pueden esperar. Una de ellas es fortalecer las redes de egresados, no solo como espacios de encuentro, sino como plataformas activas de mentoría, empleabilidad y retroalimentación curricular. Otra prioridad es impulsar la participación de más mujeres en carreras STEM, eliminando barreras y promoviendo trayectorias de éxito sostenibles. El talento está presente; el desafío está en crear las condiciones para que pueda desplegarse plenamente.

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Ninguna universidad puede enfrentar este reto por sí sola. El liderazgo se nutre de ecosistemas y exige alianzas sostenidas entre el Estado, la empresa y la sociedad. Las empresas deben comprometerse con el co-diseño curricular y la mentoría profesional. El Estado tiene el deber de ofrecer marcos de acreditación dinámicos y transparentes. La sociedad civil puede potenciar proyectos de impacto y voluntariado que conecten la formación académica con las necesidades del país.

El Perú tiene hoy una oportunidad única, construir una educación superior que combine excelencia académica, innovación y compromiso social. No se trata de un ideal lejano, sino de una urgencia real. Porque el liderazgo del futuro empieza en las aulas, y con la convicción de que la educación forma no solo profesionales, sino ciudadanos capaces de transformar la sociedad.

SOBRE LA AUTORA

Patricia Stuart es rectora de la Universidad de Lima.

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