De acuerdo con Rafael Yzaga, gerente general del ICPNA, la tecnología por sí sola no resuelve nada. Es una herramienta poderosa, pero requiere rediseñar procesos, desarrollar capacidades y —sobre todo— impulsar un cambio cultural profundo.
“‘¿La inteligencia artificial es un riesgo para lo que ustedes hacen?” Es la pregunta que más escucho últimamente. Mi respuesta siempre es la misma: “depende.” Todo lo nuevo puede ser un riesgo si no haces nada al respecto, o una oportunidad si decides adoptarlo y aplicarlo estratégicamente.
Recuerdo haber vivido algo similar, hace más de diez años todos hablaban de la llamada “transformación digital”; de cómo iba a transformar a las empresas. Parecía ser la solución a todos nuestros problemas. Se hablaba de ella con entusiasmo, pero cada institución la entendía de forma distinta, muchas veces en función de las funcionalidades de la tecnología que se quería comprar o vender. El error, en mi opinión, fue reducirla a un tema de sistemas software o infraestructura tecnológica.
Con el tiempo aprendimos que la verdadera transformación digital era más que solo tecnología, era un cambio en nuestros procesos y nuestra cultura organizacional alineada con la estrategia institucional y soportada por la tecnología que se adecúe a nuestras necesidades.
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Hoy en día, por momentos pienso que con el desarrollo de la inteligencia artificial, estamos replicando lo sucedido con la “transformación digital”.
En el campo educativo —y particularmente en la enseñanza de idiomas— la IA ofrece oportunidades enormes. Plataformas que personalizan el aprendizaje de cada estudiante, herramientas que corrigen tareas escritas en segundos, chatbots que permiten practicar conversación o replicar experiencias reales o potenciar la gamificación; todas estas prácticas que incrementan la motivación y la retención de los estudiantes. Son, además, avances que pueden potenciar al docente y generarle eficiencia, liberándolo de tareas administrativas para así poder enfocar su tiempo y energía en lo que más importa: guiar, motivar y conectar con sus alumnos. Todas ellas no reemplazan al docente, por el contrario, lo potencian.
Si bien la IA tiene un alto potencial, también tiene riesgos: el uso indiscriminado de IA puede debilitar el pensamiento crítico de los estudiantes o la personas en general. Investigaciones del Massachusetts Institute of Technology (MIT) muestran que estudiantes que delegaron sistemáticamente su escritura a modelos de lenguaje terminaron con menor riqueza léxica y conexiones cognitivas más débiles. Microsoft advierte que la confianza excesiva en la IA desplaza habilidades esenciales de verificación y análisis.
A esto se suma un reto fundamental en América Latina: la brecha digital. En el Perú, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), apenas el 27,8 % de los hogares rurales tiene acceso a internet, frente al 75,2 % en áreas urbanas. Sin conectividad, la promesa de la IA seguirá siendo desigual.
La lección es clara: la tecnología por sí sola no resuelve nada. Es una herramienta poderosa, pero requiere rediseñar procesos, desarrollar capacidades y —sobre todo— impulsar un cambio cultural profundo. Y aun con todos sus avances, la IA no puede reemplazar aquello que define a la educación: la conexión humana. El aprendizaje tiene un componente emocional y motivacional que surge del vínculo entre profesor y alumno, y que ninguna máquina puede replicar.
Por eso, la verdadera pregunta no es si la inteligencia artificial es un riesgo o una oportunidad, sino: ¿está tu institución preparada para una revolución educativa centrada en datos y personas? ¿Cómo equilibras la tecnología con el calor humano del profesor hablando con su alumno? ¿Hasta cuándo seguirás perdiendo tiempo en tareas administrativas que una IA ya puede hacer?
La inteligencia artificial no reemplazará a las personas. Pero las personas que sepan usarla reemplazarán a las que no lo hagan.
El futuro de la educación depende de cómo decidamos responder hoy.
SOBRE EL AUTOR:
Rafael Yzaga es gerente general del ICPNA
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