Según Patricia Stuart, rectora de la Universidad de Lima, convivir con la IA demanda gobernanza. Esto incluye comités académicos interdisciplinares, criterios de adopción tecnológica, resguardos de ciberseguridad y marcos de integridad que aborden desde la citación de herramientas hasta la protección de datos sensibles.

La inteligencia artificial (IA) dejó de ser promesa para convertirse en contexto. Bien usada, potencia la productividad, acelera la búsqueda de información y amplifica el análisis de datos; mal usada, puede profundizar sesgos, precarizar decisiones y erosionar la confianza. Por eso, la pregunta de fondo en educación superior ya no es si debemos incorporar IA, sino cómo formamos a personas capaces de convivir con ella con criterio, ética y propósito.

Enseñar a usar herramientas no basta. Formar para esta era implica comprender cómo funcionan, qué sesgos arrastran, qué efectos generan y cuándo —y para qué— conviene emplearlas. Los desafíos de la IA desbordan lo técnico y exigen reforzar habilidades como juicio crítico, empatía, ética y creatividad. Según el World Economic Forum, 44% de las habilidades laborales cambiarán significativamente en los próximos cinco años; el currículo no puede ser una foto fija: requiere ajuste continuo —incluso semestral— para sostener la pertinencia en tiempo real.

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Las organizaciones ya no buscan ejecutores de tareas, sino personas que piensen, pregunten y propongan desde el primer día. La universidad, entonces, debe pasar de ser un espacio que transmite conocimientos a un ecosistema vivo que integra análisis, reflexión y práctica con impacto social. Nuestra meta es clara: profesionales que traten a la IA como aliada complementaria, no como amenaza, y que la apliquen para crear valor económico y público.

Propongo cuatro desplazamientos concretos.

Primero, currículos ágiles. La actualización por “módulos vivos” —microcursos y microcredenciales— permite evolucionar con la frontera tecnológica. Las evaluaciones deben priorizar razonamiento, originalidad y trazabilidad del proceso por encima de la mera respuesta final. Conviene medir la transferencia: qué aprende el estudiante y cómo lo aplica en contextos cambiantes.

Segundo, ética operativa, no declamativa. Necesitamos políticas de uso responsable con guías claras sobre privacidad de datos, autoría, citación de herramientas y límites de automatización. La auditoría de sesgos y los criterios de explicabilidad deben integrarse en proyectos reales, con evidencias documentadas y revisión entre pares.

Tercero, fluidez en IA para todos los perfiles. Proponemos tres niveles formativos: aprendices (uso básico y seguro), implementadores (integración en procesos) e innovadores (diseño de soluciones y experimentación). La colaboración interdisciplinaria es clave: ingeniería, derecho, comunicación, negocios y humanidades co‑diseñan soluciones centradas en el usuario y su impacto social.

Cuarto, aprendizaje anclado en problemas reales. Trabajemos con empresas, Estado y sociedad civil para que la IA mejore servicios, decisiones y experiencias. Midamos el “doble valor”: aprendizaje del estudiante y resultado tangible para el aliado. Prototipos, pilotos y tableros de impacto deben formar parte del portafolio del egresado.

Convivir con la IA demanda gobernanza. Esto incluye comités académicos interdisciplinares, criterios de adopción tecnológica, resguardos de ciberseguridad y marcos de integridad que aborden desde la citación de herramientas hasta la protección de datos sensibles. Una cultura universitaria que premie la pregunta bien hecha —y no solo la respuesta rápida— es el mejor antídoto frente a la superficialidad que puede inducir la automatización.

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La IA nos obliga a rediseñar cómo enseñamos y aprendemos, pero también nos permite renovar el para qué de la educación: formar personas capaces de pensar, crear y actuar con responsabilidad. No se trata con preparar profesionales “adaptables”, sino de construir un futuro que valga la pena habitar. 

Si educamos para que los ciudadanos gobiernen la tecnología —y no al revés— habremos dado un paso decisivo hacia una sociedad más justa, innovadora y sostenible., en el fondo. La IA, en el fondo, es una oportunidad para elevar el estándar de lo humano: criterio, empatía, imaginación y servicio. Perú necesita ese liderazgo con alma y rigor; el mundo también. Para todos.

SOBRE LA AUTORA

Patricia Stuart es rectora de la Universidad de Lima.

Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Perú.