La IA no debe servir como excusa para eliminar procesos de aprendizaje práctico. Las empresas tienen la responsabilidad de repensar sus modelos de talento, crear rutas de crecimiento y unir la tecnología con el desarrollo humano, dice Fernando Gonzales, fundador de Bigmond Group.
En los últimos meses, se ha instalado una visión entusiasta sobre la inteligencia artificial (IA). Para muchos, representa una nueva era de eficiencia, automatización de procesos repetitivos, reducción de costos y crecimiento exponencial de datos. Todo eso puede ser cierto. Pero mientras los titulares celebran el potencial de la tecnología, una realidad silenciosa está emergiendo: su primer impacto real en el mercado laboral no está ocurriendo en los gerentes ni en los expertos, sino en los profesionales más jóvenes.
Un estudio reciente de Hosseini y Lichtinger (2025), realizado en Estados Unidos, lo deja claro. Tras la adopción de modelos como GPT-3.5, las empresas comenzaron a contratar menos personal de nivel inicial, y al mismo tiempo, a mantener o incluso aumentar la incorporación de profesionales senior. No se trata de una intuición o una especulación; es lo que ya está sucediendo.
¿Por qué ocurre esto? Porque la IA ya puede asumir muchas tareas que antes realizaban practicantes, asistentes o analistas recién egresados. La evaluación preliminar de datos, la redacción de documentos iniciales, la clasificación de información o la atención al cliente de primer nivel son ahora actividades que pueden automatizarse. En lugar de contratar tres asistentes, una empresa puede emplear a un solo profesional experimentado y apoyarse en la automatización. La ecuación cambia: se reduce la necesidad de talento junior supervisado y se refuerza la combinación de IA con criterio experto. Y ahí aparece una inquietud relevante: ¿quién será el experto del futuro si no existen espacios de aprendizaje desde abajo?
En Perú, este desafío es aún más complejo. Según el Instituto Peruano de Economía, uno de cada cuatro jóvenes que accede a un empleo formal termina en la informalidad al año siguiente, y casi el 75 % de los trabajadores jóvenes se desempeña en condiciones informales, sin acceso a formación estructurada. En otras palabras, el mercado no solo ofrece pocos puntos de ingreso, sino que además tiende a cerrar o desarticular las escaleras de crecimiento.
Mientras tanto, la adopción tecnológica avanza sin detenerse. Un estudio de EY Perú (2024) señala que el 64 % de las empresas del país ya utiliza analítica avanzada de datos. Además, la IA se ha convertido en la tecnología emergente con mayor nivel de aplicación entre las organizaciones con mayor madurez digital. La evidencia es concluyente: el debate sobre el empleo y la IA no es una proyección futura, sino una realidad presente.
Lo que ocurre en Estados Unidos es una advertencia temprana. En América Latina, donde las estrategias de reconversión laboral avanzan con menor velocidad que la tecnología, el impacto puede ser más profundo, desigual y difícil de revertir. Y este impacto no afecta únicamente a las personas que buscan su primer empleo. También plantea riesgos para las empresas, que en unos años podrían quedarse sin profesionales formados capaces de liderar la toma de decisiones.
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Por eso, la IA no debe servir como excusa para eliminar procesos de aprendizaje práctico. Las empresas tienen la responsabilidad de repensar sus modelos de talento, crear rutas de crecimiento y unir la tecnología con el desarrollo humano. Al mismo tiempo, los gobiernos y las universidades deben asumir que ya no se trata solo de preparar para un puesto específico, sino de formar para una empleabilidad capaz de convivir con la IA y orientarla hacia el bien común.
Lo que está en juego no es solo el futuro del empleo, sino el liderazgo empresarial y social del país. Las decisiones que tomemos hoy sobre cómo integrar la IA en la formación y gestión del talento definirán si tendremos una generación preparada o marginada. La inteligencia artificial no reemplaza al ser humano, pero sí cambia la forma de crecer en el mundo profesional. Ignorar este cambio sería un error costoso; anticiparse puede convertirnos en un país que exporta talento, y no solo que importa tecnología.
Sobre el autor
Fernando Gonzales es fundador de Bigmond Group
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