La seguridad no se limita a condiciones físicas. Según explica Natalie Nakamura, gerente de seguridad y salud ocupacional de Celepsa, un colaborador sometido a estrés constante puede ver afectada su concentración, su capacidad de respuesta y su toma de decisiones, lo que aumenta significativamente la probabilidad de errores o incidentes.
Durante años, la seguridad y salud en el trabajo ha sido abordada desde un enfoque de control de riesgos físicos para prevenir accidentes, reducir incidentes y cumplir con estándares operativos. Sin embargo, este enfoque, aunque necesario, ha dejado en un segundo plano un componente crítico que hoy resulta imposible de ignorar: los riesgos psicosociales.
En el país, el 78% de los trabajadores experimenta estrés o agotamiento laboral, según el estudio “Burnout 2025”. A esto se suma que el 70% enfrenta estrés crónico y 1 de cada 6 padece agotamiento, de acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Mental. Estas cifras no solo reflejan un problema de bienestar individual, sino una alerta directa sobre la forma en que estamos gestionando la seguridad en los entornos laborales.
A nivel global, el impacto es aún más claro: la Organización Mundial de la Salud estima que la depresión y la ansiedad generan la pérdida de aproximadamente 12 mil millones de días laborales al año, lo que equivale a cerca de US$1 billón en productividad. La salud mental ya no es un tema menor; es un factor determinante para la sostenibilidad de las organizaciones.
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El punto de quiebre está en entender que la seguridad no se limita a condiciones físicas. Como bien señala la evidencia, un colaborador sometido a estrés constante puede ver afectada su concentración, su capacidad de respuesta y su toma de decisiones, lo que aumenta significativamente la probabilidad de errores o incidentes. En sectores de alta exigencia operativa, esto puede traducirse en riesgos críticos.
Sin embargo, aún persiste un enfoque reactivo. Muchas organizaciones intervienen cuando el problema ya es visible: cuando el agotamiento impacta en el desempeño o cuando el clima laboral empieza a deteriorarse. El desafío hoy es anticiparse.
En esa línea, algunas organizaciones vienen avanzando hacia un enfoque más integral, incorporando iniciativas orientadas al cuidado de la salud física y mental, promoviendo el equilibrio entre la vida personal y laboral, programas de salud mental y esquemas de trabajo más flexible. Este tipo de enfoques permite fortalecer una cultura preventiva, donde la seguridad se entiende de manera más amplia y alineada a las necesidades reales de las personas.
Integrar los riesgos psicosociales en la gestión de seguridad implica, precisamente, un cambio de paradigma: pasar de la reacción a la prevención, y de una mirada fragmentada a una gestión verdaderamente integral. Esto supone no solo identificar señales tempranas, como fatiga persistente, desmotivación o dificultad de concentración, sino también construir culturas organizacionales donde el bienestar emocional sea parte de la estrategia, no un complemento.
Además, el impacto trasciende lo humano. En un contexto donde la competitividad exige eficiencia y adaptación constante, ignorar la salud mental representa un riesgo operativo y financiero. Los equipos emocionalmente saludables son más seguros, productivos, colaborativos y sostenibles en el tiempo.
El Perú enfrenta aún importantes desafíos en materia de seguridad laboral. Solo en 2025 se registraron más de 37,900 accidentes de trabajo, de los cuales 280 fueron fatales. Estas cifras nos recuerdan que la gestión de riesgos debe evolucionar al ritmo de las nuevas realidades laborales.
En la actualidad, la conversación sobre seguridad laboral necesita ampliarse. No se trata de reemplazar lo avanzado, sino de complementarlo. Integrar la salud mental como un eje estratégico no es solo una deuda pendiente con los trabajadores; es una decisión inteligente para las organizaciones que buscan operar de manera segura, eficiente y sostenible.
Sobre el autor:
Natalie Nakamura es gerente de seguridad y salud ocupacional de Celepsa.
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