Las empresas que lo entienden no prescinden del talento humano: redefinen qué talento necesitan. Y las personas que lo comprenden no ven en la IA un riesgo existencial, sino una oportunidad para ampliar sus capacidades y su impacto, dice Patricia Stuart, rectora de la Universidad de Lima.
Cuando se habla de inteligencia artificial (IA) en el mundo ejecutivo, la pregunta suele aparecer de inmediato: ¿cuántos empleos desaparecerán? Es legítima, pero insuficiente. Desde la universidad prefiero formular otra, más urgente y más fecunda: ¿qué tipo de profesional necesita el mundo que estamos construyendo con la IA, para sostener competitividad, bienestar y ciudadanía en tiempos de cambio permanente con responsabilidad compartida?
El nuevo contrato entre humanos y máquinas
Muchas tareas que antes demandaban equipos numerosos hoy pueden ser realizadas por sistemas automatizados con gran velocidad, precisión y escala. Esto no anuncia el fin del trabajo humano; anuncia el fin de aquello que era meramente rutinario.
La IA procesa información, consolida datos, genera contenidos estándar y optimiza flujos operativos con una eficiencia que no podemos ignorar. Por eso, el valor de un profesional ya no puede sostenerse únicamente en ejecutar mejor una tarea repetible. Debe afirmarse en lo que la tecnología no posee: criterio ético, pensamiento crítico, creatividad situada, liderazgo responsable y sensibilidad para comprender la complejidad de las personas y de las organizaciones.
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El reto que nos corresponde a las universidades
El World Economic Forum anticipó en 2016 que el 65% de los niños que ingresaban entonces a la primaria trabajaría en categorías laborales aún inexistentes. Diez años después, esa advertencia no solo mantiene vigencia; se ha acelerado.
En este escenario, las instituciones de educación superior tenemos una responsabilidad ineludible: transformarnos con decisión o seguir formando profesionales para un mercado que ya cambió.
Esa transformación exige, al menos, dos movimientos. El primero es actualizar las carreras existentes para integrar tecnología, sostenibilidad y habilidades humanas de alta complejidad en el corazón de la formación. El segundo es crear nuevas especialidades en los territorios donde la demanda crece con fuerza: big data, ciberseguridad, robótica, biotecnología, salud digital y otros campos que ya están redefiniendo el desarrollo.
Una oportunidad, no una amenaza
El ecosistema laboral que emerge de la colaboración entre inteligencia humana e inteligencia artificial es, ante todo, una invitación a elevar el estándar. Nos desafía a formar perfiles más sofisticados, reflexivos y capaces de tomar decisiones en contextos de incertidumbre.
Las empresas que lo entienden no prescinden del talento humano: redefinen qué talento necesitan. Y las personas que lo comprenden no ven en la IA un riesgo existencial, sino una oportunidad para ampliar sus capacidades y su impacto.
Ese es el horizonte de una educación superior bien orientada: no preparar profesionales para competir con las máquinas, sino para dirigirlas con propósito, integrarlas con inteligencia y hacer aquello que ninguna máquina puede hacer por nosotros.
El futuro no pertenece a quienes temen a la IA. Pertenece a quienes se preparan para multiplicar, con ella, el valor de lo humano.
Sobre la autora:
Patricia Stuart es rectora de la Universidad de Lima
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