Las organizaciones han ampliado significativamente su superficie de exposición. La migración a la nube, el trabajo remoto, las plataformas digitales, las aplicaciones móviles y la integración constante con terceros han generado entornos mucho más complejos que los que existían hace veinte años, dice Alicia Cuestas, CEO de Open-Sec.

Hace veinte años, cuando comenzábamos a hablar de ciberseguridad en el Perú, las preocupaciones eran muy distintas a las actuales. Las empresas buscaban proteger computadoras individuales, evitar infecciones por virus y reducir interrupciones operativas causadas por software malicioso. La conversación era principalmente técnica y estaba limitada a especialistas de TI. 

Hoy, la realidad es completamente diferente. 

La digitalización ha transformado la forma en que trabajamos, compramos, invertimos y nos relacionamos. La tecnología ya no es únicamente una herramienta de soporte para las organizaciones: en muchos casos se ha convertido en el corazón mismo del negocio. Y cuando eso ocurre, la ciberseguridad deja de ser una función técnica para convertirse en una necesidad estratégica. 

Mirar hacia atrás permite entender cuánto ha cambiado el panorama. 

Uno de los cambios más importantes ha sido la forma en que las organizaciones entienden y gestionan sus activos de información. Hace dos décadas, las empresas ya reconocían el valor de la información; sin embargo, la conversación estaba mucho más enfocada en los elementos tangibles que la soportaban, como servidores, computadoras, redes o aplicaciones. La información, al ser un activo intangible, solía quedar diluida dentro de procesos, documentos o sistemas tecnológicos. Hoy existe una mayor comprensión de que el verdadero valor no reside únicamente en la infraestructura, sino en los datos que esta almacena y procesa. Información financiera, historiales médicos, propiedad intelectual, credenciales de acceso o datos personales se han convertido en activos críticos para las organizaciones y, al mismo tiempo, en objetivos cada vez más atractivos para quienes buscan explotarlos de manera ilícita. 

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Esta transformación también cambió la naturaleza de los ataques. Durante muchos años, una parte importante de los incidentes estuvo asociada a personas que buscaban notoriedad o reconocimiento dentro de comunidades técnicas. Actualmente, gran parte de las amenazas responde a motivaciones económicas. La ciberdelincuencia se ha profesionalizado y opera bajo modelos organizados, con recursos, especialización y objetivos claramente definidos. 

En paralelo, las organizaciones han ampliado significativamente su superficie de exposición. La migración a la nube, el trabajo remoto, las plataformas digitales, las aplicaciones móviles y la integración constante con terceros han generado entornos mucho más complejos que los que existían hace veinte años. Cada nuevo servicio digital representa una oportunidad de crecimiento, pero también un nuevo vector de riesgo que debe ser gestionado adecuadamente. 

La inteligencia artificial es probablemente el cambio más visible de los últimos años. Su impacto en productividad, automatización y análisis de información es innegable. Sin embargo, también ha introducido nuevos desafíos para la seguridad. Existe una percepción generalizada de que la IA hará que los ataques sean automáticamente más sofisticados. Mi visión es ligeramente distinta.

La inteligencia artificial no necesariamente crea mejores atacantes, pero sí puede aumentar la cantidad de personas capaces de intentar un ataque. Herramientas que antes requerían conocimientos avanzados hoy son más accesibles, lo que amplía el universo de posibles amenazas. Esto no significa que todos los ataques tendrán éxito, pero sí que las organizaciones deben prepararse para enfrentar un entorno cada vez más dinámico y masivo. 

Otro cambio fundamental ha sido la evolución del enfoque de seguridad. Durante años predominó una lógica reactiva: actuar cuando el incidente ya había ocurrido. Hoy observamos una tendencia cada vez más clara hacia la prevención. Las organizaciones más maduras ya no esperan una filtración de datos o una interrupción operativa para actuar. Realizan pruebas de penetración, ejercicios de red teaming, inteligencia de amenazas y evaluaciones continuas que les permiten identificar vulnerabilidades antes de que alguien más las encuentre. 

Este cambio de mentalidad es quizás uno de los avances más importantes que hemos visto en el mercado. La seguridad ya no se mide únicamente por la ausencia de incidentes, sino por la capacidad de anticiparse a ellos. 

A pesar de todo lo que hemos avanzado, todavía existe una brecha importante en materia de concientización y cultura de seguridad. Muchas organizaciones continúan viendo la ciberseguridad como un tema exclusivamente tecnológico, cuando en realidad involucra procesos, personas, decisiones de negocio y gestión de riesgos. La tecnología seguirá evolucionando, pero la capacidad de comprender sus implicancias seguirá siendo un factor determinante. 

Después de veinte años observando la evolución de esta industria, hay una conclusión que considero evidente: la ciberseguridad ha dejado de ser una especialidad técnica para convertirse en un componente esencial de la estrategia empresarial. 

Las organizaciones que entiendan esto estarán mejor preparadas para competir, innovar y generar confianza en un entorno cada vez más digital. 

Dos décadas de evolución nos han enseñado que la verdadera seguridad no se mide en computadoras protegidas, sino en operaciones blindadas, información segura, reputaciones sólidas y confianza intacta. Porque al final, eso es lo que realmente está en juego cuando hablamos de ciberseguridad.

Sobre la autora:

Alicia Cuestas es CEO de Open-Sec.

Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Perú.