Existe cada vez más evidencia de que, en los países desarrollados, la brecha de talento STEM está creciendo hasta convertirse en un cuello de botella crítico.

Hay un dato de la evaluación PISA 2025 que me preocupa incluso más que la caída en lectura o matemáticas: una proporción muy importante de estudiantes en el Perú no cree que su posición en la sociedad pueda cambiar. En un país como el Perú, la educación debería ser uno de los principales vehículos de movilidad social. Sin embargo, estos datos sugieren que, para muchos jóvenes, ese rol no se está cumpliendo.

El informe advierte sobre el riesgo de una creciente desconexión entre el nivel educativo alcanzado y las oportunidades laborales que este genera. Cuando estudiar más no se traduce en mejores perspectivas profesionales, la educación pierde fuerza como vehículo de movilidad social.

En un contexto de grandes transformaciones, en el que la automatización, la inteligencia artificial y la robótica están cambiando nuestra manera de vivir y trabajar, las instituciones educativas tenemos la responsabilidad de lograr que el esfuerzo del estudiante se convierta en habilidades relevantes y en oportunidades concretas que mejoren su calidad de vida. Si no somos capaces de demostrarlo, tampoco vamos a sobrevivir a los cambios que están ocurriendo.

El contexto presenta oportunidades importantes: existe cada vez más evidencia de que, en los países desarrollados, la brecha de talento STEM está creciendo hasta convertirse en un cuello de botella crítico. Mientras tanto, en el mundo de hoy, el conocimiento no tiene fronteras: un ingeniero en el Perú puede trabajar para una empresa de tecnología en San Francisco o en Eindhoven.

Tomemos, entonces, los resultados recientes de PISA como lo que son: un llamado a la acción. La educación en el Perú sí puede cambiar la vida de un joven, pero tenemos la responsabilidad de demostrarlo.

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En un contexto en el que el desempleo entre los jóvenes de 15 a 24 años alcanza el 12,3% – según estimaciones de Apoyo Consultoría-  recuperar esa confianza no pasa por decirles a los jóvenes que la educación puede cambiar sus vidas, sino por demostrarles que realmente lo hace. Ese es el desafío que nos plantea PISA y también la responsabilidad que debemos asumir las instituciones educativas: convertir el aprendizaje en habilidades y en posibilidades reales de construir un futuro mejor. Es urgente volver a creer en la educación.

Sobre el autor:

Enrique Stiglich es rector de Universidad de Ingeniería y Tecnología – UTEC

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