En medio del debate sobre si la inteligencia artificial puede destruirnos, la pregunta urgente no es qué hará la IA con nosotros, sino qué haremos nosotros con ella. La respuesta empieza en el aula y en la empresa, dice Daniel Falcón, CEO y fundador de NEO Consulting.

Cada semana aparece un nuevo titular que anuncia que la inteligencia artificial podría acabar con la humanidad. Otros, con el mismo entusiasmo, prometen que resolverá todos nuestros problemas. Entre el miedo y la euforia, se nos está escapando lo esencial.

Sí, la IA puede ser dañina. Como lo fueron en su momento la energía nuclear, internet, mobile o las redes sociales, toda tecnología poderosa trae riesgos proporcionales a su potencial. Negarlo sería pecar de ingenuos. Pero quedarnos paralizados en el debate apocalíptico es igual de peligroso, porque nos distrae de la única variable que realmente está en nuestras manos: la educación.

Después de más de dos décadas acompañando a empresas de banca, seguros, retail, telecomunicaciones y salud en su transformación digital, tengo una convicción clara: la tecnología nunca define por sí sola su impacto. Lo define la gente que la usa. Y la gente usa bien lo que entiende.

Lee también: David Ellison revela el nombre de la nueva compañía de Paramount y Warner Bros. antes de cierre de fusión

Tres peligros de no educar

Cuando una persona usa la IA sin formación, la estamos condenando a tres riesgos concretos.

1. Irrelevancia

El primero es la irrelevancia. Sin criterio, la IA se aplica donde no aporta valor. El resultado ya lo vemos: una avalancha de imágenes, textos y publicaciones que se sienten fabricados, sin alma y como si todo fuera una copia de lo otro. Contenido que el lector detecta en segundos como no humano y que, por eso mismo, se vuelve invisible. Olvidamos que es la humanidad la que le da sentido a las cosas. Una herramienta que produce sin propósito solo genera ruido.       

2. Anti ética

El segundo es el error ético. Los modelos de IA aprenden de datos, y los datos arrastran sesgos. Quien no entiende cómo funciona un modelo, qué evaluar antes de implementarlo o qué preguntas hacerles a sus resultados, puede terminar discriminando en un proceso de selección, en la evaluación de un crédito o en la atención a un cliente sin siquiera darse cuenta. Y en esos casos el costo no es solo reputacional: es humano.

3. Perdida del costo de oportunidad

El tercero, quizá el más silencioso, es el costo de oportunidad: no aprovechar una tecnología capaz de transformar la forma en que trabajamos, cómo nos relacionamos y cómo se diseñan las organizaciones. Las personas y empresas que no se formen no serán reemplazadas por la IA, sino por quienes sí sepan usarla.

Tres aportes de educarse

En cambio, la otra cara de la moneda es igual de concreta.

Primero, liberar tiempo para lo verdaderamente humano. La IA puede automatizar tareas repetitivas, tediosas o complejas que hoy consumen buena parte de nuestra jornada. Ese tiempo recuperado puede dedicarse a lo que ninguna máquina reemplaza: conversar con un cliente, atender a una persona, construir una estrategia, tomar una decisión difícil.

Segundo, ampliar nuestra perspectiva. La IA ofrece miradas distintas sobre temas que dominamos y sobre otros que desconocemos. Es un interlocutor incansable. Pero ojo: la perspectiva por sí sola no genera valor. Es el pensamiento crítico, fruto de la educación, el que convierte una respuesta en una buena decisión.

Tercero, crear nuevos negocios. Ya existen organizaciones y emprendedores que han desarrollado aplicaciones de IA en formación, servicios, automatización y generación de nuevo valor. Nuevos modelos de negocio y nuevas fuentes de ingreso están naciendo hoy. Para el Perú y para América Latina, es una oportunidad económica que no podemos dejar pasar.

Un compromiso de todo el ecosistema

Educar en IA no es tarea de un solo actor. Es un compromiso de país y de región.
Si hay un ejemplo que siempre me ha gustado es el de cómo Gaston Acurio sembró la semilla para crear una industria completa que no se le había dado el valor. Pero no es el tema de una sola persona, ni una sola empresa, ni solo de las instituciones educativas o el Gobierno, sino de todos.

El Estado debe convertir la alfabetización en IA en política pública. Las empresas tienen la responsabilidad de capacitar a sus colaboradores, no solo en el uso de herramientas, sino en criterio: dónde la IA es útil, para qué sirve y dónde están sus límites y riesgos. Colegios, institutos y universidades deben incorporar estas competencias desde ahora, formando ciudadanos capaces de evaluar la tecnología en lugar de simplemente consumirla.

No se trata de convertir a todos en ingenieros. Se trata de que cada persona sepa hacerse las preguntas correctas: ¿esto me sirve?, ¿dónde me sirve?, ¿qué puede salir mal?

La decisión es nuestra

La IA puede ser buena o mala. Pero eso no lo decide la tecnología: lo decidimos nosotros, y solo podremos decidirlo bien si nos educamos. Sin educación, la IA será un peligro real. Con educación, puede convertirse en nuestra socia, en un partner para generar más valor, más satisfacción y más prosperidad. La pregunta ya no es si la IA cambiará nuestras vidas. Es si estaremos preparados como personas, organizaciones, país y región cuando lo haga.

Sobre el autor:

Daniel Falcón es CEO y fundador de NEO Consulting

Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Perú.