Junto a dos socios, la ingeniería en biotecnología, Athalí Castro, creó la firma fabricante de cepas de microalgas Oxcem. La científica y emprendedora quiere que las empresas en Perú y el mundo las reproduzcan en sus instalaciones y así capturen sus emisiones de CO2. Lima Airport Partners y la mina cuprífera Quellaveco están apostando por la solución.

La ingeniera en biotecnología cusqueña, Athalí Castro, tiene 31 años y sabe muy bien quién es Elon Musk. «Me parece alguien bastante visionario», dice en entrevista con Forbes la CEO y cofundadora de la empresa Oxcem, que fabrica módulos de biorreactores de microalgas que capturan dióxido de carbono (CO2). La firma atiende a clientes que quieren ser neutrales en emisiones, como Lima Airport Partners (operadora del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez), y la mina Quellaveco, que la inglesa Anglo American opera en el sur del país.    

«Me parece muy inspirador que él vea más allá de ‘quiero ser rico’. Sino que [piensa]: ‘invierto todo mi dinero en hacer más tecnología, ciencia y más cosas porque pienso que la humanidad tiene que estar más allá'», dice Castro sobre el polifacético multimillonario sudafricano (dueño de Twitter). «Cualquier persona que esté loca como para poder cambiar el mundo me gusta mucho», se sincera con osadía la ejecutiva, reconocida en 2022 como una de los 35 jóvenes innovadores latinoamericanos menores de 35 por el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT).

Científica pura

Hija de una chef repostera y un relacionista público, Castro supo de pequeña que quería ser la científica de la película. «Mi acercamiento a la ciencia empezó con las películas de ciencia ficción. Yo quería ser siempre la científica de la película, la que tenía las ideas. Pensé siempre que la ciencia puede ayudar a resolver los problemas que tenemos. Por ahí me empezó a interesar», cuenta y dice que el primer regalo de cumpleaños que recuerda (a los cinco años) fue un microscopio. 

Athalí Castro presentando OXCEM en el Palacio Metropolitano de Bellas Artes. Foto: Oxcem.

La vida le demostró que esa intuición infantil era auténtica. En quinto de secundaria ganó una beca en Cusco para realizar un curso de líderes ambientales en el que aprendió sobre regulación ambiental y visitó centros de compostaje. Ya en la universidad –donde decidió estudiar biotecnología en la Universidad Católica Santa María en Arequipa– constituyó la Asociación de Ecología y Medioambiente (Asema) para realizar labores de sensibilización ambiental con colegios. «Busqué si había un grupo que hiciera cosas ambientales y no había», justifica su decisión. También fundó la Asociación de Estudiantes de Biotecnología y cofundó la Sociedad Científica de Astrobiología en Arequipa (SCAA). 

La astrobiología, según el sitio web de la NASA, es el «estudio de la vida en el Universo». 

«Parte de las cosas más descabelladas que piensas como científico es: ¿Qué pasaría si nos vamos a vivir a otro planeta? ¿Qué pasa con la vida?’ Esto tiene mucho que ver con [las preguntas] ¿qué pasa si agotamos todos los recursos de la Tierra? ¿A dónde nos vamos? Por eso, siempre me ha interesado mucho lo de los viajes espaciales y lo que tiene que ver con el espacio. La astrobiología era una rama de mi carrera, porque puedes estudiar microorganismos en la Tierra, que puede ser que crezcan en algunos lugares como Marte», comenta. 

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De Arequipa a Marte

Fue así que Castro creó la SCAA en Arequipa, inspirada y asesorada por dos astrofísicos peruanos que entonces trabajaban en la NASA, Julio Valdivia y Ruth Quispe

En 2016, la asociación emprendió una investigación en el desierto de la Joya en Arequipa, liderada por otro científico peruano que entonces también trabajaba en la prestigiosa asociación espacial estadounidense, Saúl Pérez.  

«Cuando fuimos al desierto, empezamos a sacar muestras y descubrimos líquenes, que son un consorcio entre microalgas y hongos. Fue súper alucinante porque en el desierto de la Joya (Arequipa) no crece casi nada, porque las condiciones de suelo y humedad son muy parecidas a Marte», señala Castro con sorpresa. 

El interés por las microalgas de la biotecnología había aflorado en la científica antes de aquella experiencia. En efecto, Castro había comenzado a estudiarlas y reproducirlas como parte de un proyecto de una cátedra.   

Emprendedora pura

Fue justamente la pasión por la ciencia la que llevó a Castro a emprender y la terminó convirtiendo en empresaria. 

«Todo lo que nosotros hacíamos no tenía financiamiento. Lo hacíamos con nuestros propios recursos», dice siete años y una pandemia después, con la tranquilidad de las cuentas en azul. 

En efecto, Castro constituyó Oxcem solo el año pasado, junto al ingeniero industrial McDonald Villacorta y el especialista en marketing Carlos Nolte Castellanos, tras varios años de investigación y validación del core del negocio. Castro sabía que las microalgas podían ser usadas con diversos fines. Justamente, en un inicio, en 2018, se les ocurrió que podrían generar rentabilidad fabricando biocombustibles con ellas, pero el plan no funcionó.

«Tratamos de hacer algún convenio con algún grifo o empresa de petróleo que quisiera financiar la investigación. Porque todos los recursos fósiles son finitos, pues en algún momento se van a acabar”, cuenta. 

Módulo de Oxcem en el patio de comidas del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez. Foto: Oxcem.

“Los principales interesados en estos recursos tendrían que ser ellos [los grifos o las empresas petroleras]. Esa era mi lógica en ese momento. Cuando intentamos hacerlo, la cantidad que ellos necesitaban era demasiado alta para lo que nosotros podríamos producir. Incluso, si armábamos un piloto, hubiéramos necesitado mucho dinero para iniciarlo y hubiera sido rentable a muy largo plazo», agrega. 

Fue entonces que en Oxcem se dieron cuenta que aprovechando la capacidad de atrapar CO2 de las microalgas tenían un mercado potencial. 

«En ese momento, y hasta ahora, las empresas batallan mucho para reducir su huella de carbono. [Y nos dimos cuenta que] nosotros teníamos el beneficio y ellos necesitaban reducir su huella de carbono. Así nace la idea de hacer módulos [de microalgas] que vayan reduciendo la huella de carbono de estas empresas e industrias. Ellas obviamente tienen que comprarlos o tienen que pagar por el servicio», detalla Castro. 

Tras afianzar la idea, postularon a diferentes fondos, pero el jurado los rechazaba –una y otra vez– pues aunque tenían el know how, ni el modelo de negocio ni el producto mínimo viable (no tenían prototipo) estaban consolidados. «Ni siquiera has intentado venderle a alguien», dice Casto, parafraseando a sus evaluadores. 

Desde la mirada del inversor 

Y la suerte los encontró. «Ganamos un concurso para participar en el Global Community Bio Summit & Conference, organizado por el MIT en Boston. Allá sí fue un cambio súper radical. Me sirvió mucho para desarrollar un modelo de negocio más sólido. En Perú, la gente cuestionaba la tecnología [y preguntaba]: ‘¿Cómo sabes que estás fijando C02? ¿En qué te basas?’ Era estar preparado para las preguntas científicas. Pero en Boston, la gente venía con un feedback científico; ya sabían que la tecnología funciona. Las preguntas iban más a: ‘¿Has pensado cómo lo vas a escalar? Si mañana te pido 20 biorreactores, ¿cómo los vas a enviar? ¿Puedes enviarme la biomasa? ¿Tienes los permisos? ¿Cuánto te va a costar? Si quisiera invertir mañana en tu proyecto, ¿cuánto dinero necesitarías para ser global?’. Nos hacían preguntas que ni siquiera nos habíamos planteado», cuenta la ejecutiva.

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Explica que ese intercambio en Boston los condujo a armar un modelo de negocio mucho más sólido: a ajustar el producto para que pudiera fabricarse e instalarse en cualquier rincón del planeta. «Básicamente tuvimos que modificar todos nuestros planos para que fueran fácil de construir en cualquier sitio», añade.  

Athalí Castro en el laboratorio aislando las primeras cepas de microalgas en medios sólidos. Foto: Oxcem.

En 2019, la empresa ganó el concurso estatal Reto Bío de InnóvatePerú, por el cual recibieron S/50.000. La pandemia los tomó por sorpresa y tuvieron que «congelar» el negocio hasta que Castro fue elegida el año pasado como una de las 35 jóvenes innovadoras de la región por el MIT. Justamente, a propósito de una visita a Lima para entrevistarse con el expresidente Francisco Sagasti por el reconocimiento, Castro conoció a Nolte Castellanos, que se unió al negocio como socio. Esta alianza -tras un par de años de amistad- le permitió a Oxcem acelerar el networking con el mundo corporativo. 

Así pasaron de la fabricación artesanal de módulos (incluso soldando ellos mismos las piezas) y la reproducción de cepas de microalgas en laboratorios caseros, a tercerizar la creación de las partes y el armado e instalar un laboratorio de reproducción de inóculos en Barranco (este se puede apreciar en la foto abridora del artículo).  

Además de atender a clientes industriales (con módulos que producirán asimismo biomasa con fines comerciales), la firma busca instalar biorrectores más pequeños en centros comerciales, puntualmente en patios de comida de dos cadenas. 

«En las zonas donde quieren poner [los módulos] –los patios de comida– hay mucha gente y están las cocinas. Si vas una vez a la semana a un patio de comida, no pasa nada, pero si estás trabajando ocho horas, puede tener un impacto en la salud. [Los centros comerciales] tienen que reducir un poco el CO2 para mejorar el ambiente y la salud de los colaboradores», describe Castro. Con los clientes actuales y los prospectados, podrían cerrar el 2023 en alrededor de US$50.000 de facturación, proyecta la cofundadora.

Primer producto viable mínimo de Oxcem exhibido al público en el centro comercial Parque Lambramani, en Arequipa. Foto: Oxcem.

Pero eso no es todo. Según la biotecnóloga, el plan es llevar el negocio a Europa, con una operación y laboratorio propio. «Allá están nuestros clientes potenciales por sus reglamentaciones. En Europa sí nos necesitan: necesitan reducir su CO2», dice.  «Lo que estamos trabajando ahora es cómo hacer que esto sea súper escalable a nivel internacional. Está dentro de nuestros planes», acota y señala que no descartan levantar capital para materializarlos. 

Eso sí, Castro reconoce que, actualmente, no están solos en el mercado mundial. «En el momento en que nosotros pensamos esta solución no había soluciones internacionales. De hecho, casi todas las que hay son soluciones muy jóvenes. Es muy probable que hayamos pensado en la misma cosa al mismo tiempo», dice al respecto. 

Más allá de la llamada descarbonización, Castro no deja de lado su misión astrobiológica. No olvida que las microalgas podrían tener asimismo un fin decisivo en el porvenir de la humanidad. «¿Por qué no usar las microalgas para los habitáculos que tendríamos en Marte? Hasta ahora ningún humano ha llegado a Marte. Pero tenemos que preparar que [Marte] sea habitable. Sería interesante dejar la tecnología base para que ellos (las próximas generaciones) puedan hacerlo», dice sobre una eventual y futura mudanza humana al planeta rojo.

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