La ganadora del Premio Bologna Ragazzi 2024, uno de los más importantes a nivel mundial en el ámbito de la literatura infantil, participó de la sexta edición del “Encuentro de Escritoras Peruanas”. La ilustradora reflexionó sobre el proceso detrás de su obra y el arte del silencio en su narrativa.
Por sexto año consecutivo, se realiza en Lima el Encuentro de Escritoras Peruanas, organizado por el ICPNA. Este evento busca poner en valor el trabajo de las mujeres que dedican su vida a las letras en diferentes áreas, más allá de la literatura.
Este encuentro, que se lleva a cabo del 3 al 8 de septiembre, reúne a 32 destacadas escritoras en ocho mesas de diálogo en las que se desarrollan temas como los rescates literarios, la escritura para cine y televisión, los 125 años de la inmigración japonesa al Perú, el impacto de la no ficción, entre otros.
“Creo que algo que olvidamos con frecuencia es que, recién en los años 60, la FDA aprueba la píldora anticonceptiva. Si pensamos en que para leer y escribir se necesita mucho silencio y tiempo, estamos en la segunda o tercera generación de mujeres que tenemos realmente el espacio, el tiempo, el silencio y la posibilidad de elegir. Entonces, es natural que estemos en un nuevo momento en la literatura y otros ámbitos profesionales, donde cada vez emergen más mujeres”, resaltó la escritora Andrea Ortiz de Zevallos, durante su presentación.

Por su parte, Susanne Noltenius, ganadora del Premio Nacional de Literatura 2017, enfatizó que, dentro de las editoriales independientes, existe un universo de autoras por descubrir. “Se está haciendo mucha edición en diferentes lugares, no solo en Lima, y muchas de esas editoras son mujeres que están editando; sobre todo, a otras mujeres”, resaltó.
La escritora refirió el caso de la peruana Rocío Quillahuaman. Marrón (2022), su primer libro editado por Blackie Books, agrupa unas memorias en las que cuenta, con ironía, su historia como niña ‘marrón’ de Lima que emigró a Barcelona con diez años. En su libro, aborda temas como el racismo: “Cuando era adolescente, me fregué tanto la piel, con tanta fuerza y rabia, que acabé arrancándome un trozo y sangrando”, narra en uno de los pasajes. Sus dibujos de trazo agresivo, su humor y sarcasmo, la han llevado a ser elegida por Forbes entre los cien españoles más creativos del mundo.
Issa Watanabe: una poética de la fragilidad
Durante la segunda fecha del encuentro, participó también la ilustradora peruana Issa Watanabe, reconocida por Forbes Perú en el listado de “Las 50 mujeres más poderosas de Perú”. Este año, su último libro, Kinsugi (2023), fue elegido como mejor libro de ficción en los Premios Bologna Ragazzi 2024, uno de los galardones más importantes a nivel mundial en el ámbito de la literatura infantil en ilustración. El prestigioso premio destaca su obra por su profunda belleza y narrativa visual. “Lo que yo hago es narrar historias sin palabras, a través de imágenes”, resalta Issa sobre su trabajo.

Su abuelo, Harumi Watanabe, fue uno de los japoneses que llegaron al Perú en las oleadas migrantes de 1899 y 1923. Lo hizo en 1919 y falleció cuando su hijo, el celebrado poeta de Laredo, José Watanabe -padre de Issa-, tenía solo 15 años. La imagen de Japón, que conoció la ilustradora durante su infancia, fue un recuerdo idealizado. “Lo que he conocido de Japón era sobre todo lo que mi papá me fue contando de lo que su papá le contaba. Quedaban zonas muy grises. Lo que había en casa era más una idea, un ideal de lo que significaba ser japonés”, narra.
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Tras su primer libro, Migrantes (2019), ganador del Premi Llibreter del Gremio de Libreros de Cataluña y traducido a diecisiete idiomas, Issa publicó Kintsugi (2023). El protagonista de Kintsugi —el nombre del arte japonés de reparar objetos de cerámica quebrados— es un conejo al que le sucede una tragedia: pierde a su amigo pájaro y, a partir de entonces, su pequeño mundo se viene abajo. Ambos libros exploran la idea del viaje físico y espiritual, la configuración de sentido en una realidad cambiante. Issa explora, a través de sus ilustraciones, lo que sucede cuando las cosas se rompen, abordando temas como la búsqueda, la fragilidad, el dolor y la pérdida.

“Mis libros tienen un fondo oscuro, donde los personajes van contando una historia a través de metáforas y símbolos. Una de las cosas que me comenzaron a decir mucho es que eran libros que tienen mucho silencio, un manejo del silencio muy particular”, contó la ilustradora. En el silencio, Issa encontró la posibilidad de establecer un diálogo horizontal con sus lectores, no decirlo todo, otorgarles un espacio para que puedan interpretar y hacer sus propias lecturas.
Dominar el arte del silencio
A pesar de los dramas que enfrentan sus personajes, hay en ellos cierta contención reflejada en los fondos de sus ilustraciones, sus expresiones y movimientos sutiles. Cuando Issa piensa en esta contención, recuerda Elogio al refrenamiento, un texto que su padre le dedicó cuando ella apenas tenía diecinueve años y no había publicado nada aún. “En este texto, le preguntan a mi papá cuál siente que es su parte intrínsecamente japonesa y él habla del refrenamiento, de la idea de contención, de mantenerse estoico ante situaciones dramáticas. Usa como ejemplo a artistas que evidencian que todo lo que puede decirse se puede decir sin grandes aspavientos”.
Elogio al refrenamiento es una oda a esa contención, esa elegancia de contener el estallido, ese poder de la intensidad contenida, que evita la dispersión de la potencia. El poeta escribe: “La naturaleza, aún cuando es violenta, no hace aspavientos. Cuando somos aspaventosos, estamos haciendo comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos”. Hijo de una madre con orígenes andinos, y de un padre japonés, José Watanabe vivió toda su infancia en Laredo, un pequeño pueblo rural de Trujillo. El escritor recuerda a sus progenitores, los abuelos de Issa, como herederos de la templanza y contención de sus respectivas culturas de origen. También recuerda los haikus de Bashó, que su padre le traducía en voz alta. En su memoria, la imagen de su padre y la del poeta japonés se confunden. Ambos hombres «parcos de actitud y concisos de palabras”.
Una historia de poetas y samuráis
La herencia del arte del silencio que vuelca Issa en su poética visual es solo parte del legado. La artista revela un pasado familiar que descubrió solo después de la muerte de su padre. En el 2016, durante una visita a Japón, su hermana Maya se contactó con unos reporteros de la cadena de televisión pública NHK, la más importante del país. El programa era un reality show, dedicado a rastrear antepasados familiares y unir familias. Maya no estaba segura de salir en señal abierta. Sin embargo, la convencieron los comentarios que elogiaban al equipo de investigadores. El resultado fue una excéntrica joya: los investigadores descubrieron que el verdadero apellido de su abuelo Harumi no era Watanabe, sino Hasegawa, una familia de samuráis muy conocida en Japón. “Los Watanabe adoptaron a mi abuelo, pero los Hasegawa eran unos poetas muy reconocidos. En el museo de la isla, están los pergaminos pintados por el tatarabuelo y bisabuelo”, cuenta Issa.

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A pesar de indagar sobre sus orígenes durante años, José Watanabe jamás conoció esta historia. Issa cuenta que, cuando a su padre le preguntaban de dónde le nacía ser poeta, recordaba las tardes en las que el abuelo Harumi le leía haikus. Jamás supo que, a kilómetros de distancia, en otro continente, los poemas de sus antepasados eran expuestos en pergaminos. Para Issa, la ilustración es una manera de entender las cosas, de elaborarlas, de otorgar sentido a las piezas sueltas que componen nuestra frágil realidad. La historia de su familia es una de migración, viajes, búsqueda, poesía, fragmentos y silencios, una historia que se vuelca en sus dibujos y confluye en la potencia de cada uno de sus trazos.
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