La adopción de la inteligencia artificial puede causar daño si no se evitan los sesgos, las burbujas de información y el refuerzo de los prejuicios inexistentes. Básicamente, si se implementa sin el filtro humano que será decisivo para determinar su impacto, explica Juan José Murphy, Global Head of Artificial Intelligence and Data Science en Globant.

El impacto de la tecnología se puede vislumbrar, en el lado sombrío del espectro, en un futuro distópico, similar a la película Wall-E: un avance exponencial que ha permitido importantes desarrollos como el de robots autónomos, pero con un planeta lleno de basura, el ambiente destruido y los humanos buscando nuevos lugares para habitar. El consumismo desenfrenado y la productividad sin perspectiva humana concluyen —en la película, aunque sirve como moraleja fuera de la ficción— a un mundo indudablemente peor.

El cine, como suele suceder, tiene paralelos con la realidad, representando no solo nuestros miedos, sino también fragmentos de la realidad que preferiríamos no ver. Hoy vemos desarrollos tecnológicos que hace 30 años eran insospechados, pero la contracara es la responsabilidad medioambiental. La Organización Meteorológica Mundial lo advierte: entre 1990 y 2021, el efecto de calentamiento del clima provocado por los gases de efecto invernadero de larga duración aumentó casi un 50%. En ese incremento, el dióxido de carbono contribuyó en aproximadamente un 80%.

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Entre otros grandes avances, la inteligencia artificial generativa aporta nueva información y formas de medir el impacto. Se estima que el desarrollo tecnológico incrementará el PBI global hasta en un 7% en 10 años, según Goldman Sachs. De alguna forma, ya lo viene haciendo históricamente: un estudio del economista David Autor reveló que el 85% del crecimiento del empleo en los últimos 80 años fue a raíz de los nuevos puestos de trabajo vinculados al progreso de la tecnología.

Sin embargo, la pregunta por la sostenibilidad para no llegar al mundo de Wall-E no solo es entendible, sino mandataria. La responsabilidad ética de las organizaciones ocupa un rol trascendental en la búsqueda de ese equilibrio entre progreso y compromiso. En primer lugar, desde la decisión directiva de tener una visión de largo plazo que permita contribuir con el desarrollo sostenible. En segunda instancia, si se busca reducir la huella de carbono que sea a través de acciones concretas, dándole visibilidad a cada una. Y, en tercer lugar, evaluando toda la cadena de suministro, incluyendo a los proveedores. Al final, necesitamos comprender que lo que ahora entendemos como impactos perjudiciales en el medio ambiente son, en la mayoría de los casos, externalidades económicas que obtuvieron una especie de “salvoconducto” o que voluntariamente cerramos los ojos ante ellas. El imperativo ético consiste en no hacer la vista gorda. El argumento empresarial se basa en la eficiencia y optimización de nuestros propios negocios.

Una fórmula que aplican muchas organizaciones es el presupuesto de carbono que tiene una mirada bifacial: a la hora de definir proyectos, planes y estrategias hay que tener en cuenta el presupuesto el financiero y otro de carbono, con la distinción de que este último es fijo e implica determinar un límite de emisiones posibles para mantener la temperatura por debajo de 1,5 grados centígrados, en relación con el nivel pre-revolución industrial, hasta 2030. 

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Por el momento, no hay máquina capaz de razonar, plantear objetivos y liderar una organización con esa mirada integral. Leemos todos los días sobre grandes modelos de lenguaje elaborando planes, agentes autónomos trabajando a través de plataformas como TaskRabbit, y muchas otras cosas más, pero eso está bastante lejos de lograr un bienestar integral o sostenibilidad en un sentido amplio. Lo que en el último tiempo se ha empezado a llamar “inteligencia artificial responsable” no es más que la inteligencia humana liderando la compatibilidad de estos dos mundos presuntamente opuestos. 

En una recomendación reciente del BID para la implementación de nuevas tecnologías, se destaca la importancia del “diálogo social”,  es decir, las negociaciones entre gobiernos, sectores productivos y trabajadores para alcanzar objetivos redituables económicamente y con compromiso ambiental y social. En este caso, se puede interpretar económicamente como simplemente “incluir en el precio” el impacto social, y asegurarse de que la rentabilidad aún sea posible.

Además, la adopción de la inteligencia artificial puede causar daño si no se evitan los sesgos, las burbujas de información y el refuerzo de los prejuicios inexistentes. Básicamente, si se implementa sin el filtro humano que será decisivo para determinar su impacto. No debe permitir la “descarga” de nuestras brújulas morales, sino más bien fortalecerlas y potenciarlas.

En 2023, la sostenibilidad por primera vez estuvo entre las prioridades de los tomadores de decisiones del Reino Unido, como registra el reporte “Construyendo el camino para un futuro sostenible”, elaborado por Globant. Fue considerado como fundamental por el 43%, seguido de la tecnología (40%) y el bienestar de los empleados (36%). Las dos respuestas que lideraron la encuesta son compatibles para la inmensa mayoría: el 91% de los líderes de ESG mencionó que la tecnología es clave para abordar la crisis energética. El aprendizaje automático y el Internet de las Cosas, facilitados por la inteligencia artificial, permiten acelerar los esfuerzos hacia los objetivos de sostenibilidad. 

En el futuro habrá que cambiar la mirada y ya no se destacarán las organizaciones “green” porque la sostenibilidad será la regla, mientras que sí se señalará a aquellas que produzcan de forma irresponsable. No habrá progreso sin tecnología y no debería haber tecnología sin sostenibilidad. Mientras el mundo no sea el distópico de Wall-E y todavía haya humanos, ellos deberán estar en el centro del diseño, el desarrollo y la implementación de cualquier inteligencia artificial que renueve el mundo. 

SOBRE EL AUTOR

Juan José Murphy es Global Head of Artificial Intelligence and Data Science en Globant

Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Perú.

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