El problema no es seguir debatiendo si las mujeres pueden o no hacer ciencia. Eso ya está resuelto. El problema es que aún hay quienes, desde sus cargos públicos, confunden falta de acceso con falta de vocación, explica la astrofísica Carla Arce Tord.

La semana pasada nos dejó un recordatorio contundente: en el Perú, la evidencia científica no siempre es bienvenida en el debate público. Y parece que cuando los datos molestan, la opinión termina sonando más fuerte. Esto ayudaría a explicar por qué el congresista Ernesto Bustamante, biólogo molecular, médico de profesión y actual congresista de la república, afirmó recientemente que “no hay una condición biológica que incentive a las mujeres a participar en las ciencias, como las exactas o las naturales o físicas”. Esta afirmación forma parte de una trayectoria pública donde las declaraciones sin sustento científico no son novedad. Durante la pandemia, Bustamante fue una de las voces más polémicas del Congreso, promoviendo el uso de tratamientos sin eficacia comprobada contra la COVID-19 y minimizando la efectividad de las vacunas en sus etapas iniciales. En su historial, la evidencia científica no ha sido parte central de sus argumentos, y cuando se le ha cuestionado, las respuestas han sido, más bien, evasivas y poco detalladas. 

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Por fortuna, la ciencia no se basa en percepciones: funciona con análisis y resultados. Y lo cierto es que ningún estudio serio ha encontrado diferencias biológicas que justifiquen la menor participación de mujeres en ciencia. No existe una estructura cerebral exclusiva de un género que se active o se apague ante un problema matemático, o que genere un rechazo natural por la física. En cambio, sí abundan las investigaciones que muestran cómo los contextos sociales, culturales y estructurales influyen —y limitan— las trayectorias científicas de muchas mujeres. Estudios como el de Elizabeth Spelke (2005) muestran que las habilidades cognitivas de hombres y mujeres son prácticamente iguales, especialmente en lógica, matemáticas y razonamiento espacial. Algo similar concluye el análisis de Janet Hyde (2005), que revisó más de 100 estudios y encontró que, en igualdad de condiciones, las diferencias entre géneros en áreas como matemáticas, lenguaje o análisis espacial son mínimas o inexistentes. Más recientemente, Lise Eliot y su equipo (2021) reafirmaron que el cerebro humano no determina vocación ni habilidad científica según el sexo. En esa misma línea, el psicólogo cognitivo Stuart Ritchie (2020) señala que muchas de las supuestas diferencias intelectuales entre hombres y mujeres han sido exageradas o malinterpretadas, y que los datos reales no respaldan narrativas deterministas. Y el estudio de David Reilly et al. (2019) concluye que las brechas observadas en el interés y rendimiento en ciertas áreas tienen más relación con factores socioculturales que con capacidades innatas. 

Como vemos, la ciencia apunta a que lo que realmente moldea nuestras habilidades e intereses son las experiencias, el entorno y las oportunidades —no la biología. Por ello, resulta curioso que una afirmación pseudocientífica venga de alguien que dirigió el Instituto Nacional de Salud. Si hay menos mujeres en ciencias, no es porque “la biología no las motiva”, sino porque, durante años se les ha sugerido, directa o indirectamente, que ese no es su lugar. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés), apenas el 33% de investigadores científicos en el mundo son mujeres. En Perú, el porcentaje es similar: un 33.4% de personas registradas como investigadoras en ciencia y tecnología son mujeres, según datos del Concytec. En áreas como física, química o matemáticas, este porcentaje disminuye. Y no por falta de capacidad, sino porque muchas veces las condiciones de acceso, financiamiento y representación juegan en contra.

Como divulgadora científica, he conversado con decenas de niñas, adolescentes y jóvenes que muestran interés por la ciencia. Pero, lamentablemente, este interés suele venir acompañado de un fuerte cuestionamiento social. A veces ni siquiera es explícito: es un comentario desalentador, una broma condescendiente, un “¿Estás segura? Es una carrera para hombres”. Y por supuesto, también hay declaraciones como la del congresista Bustamante. Por suerte, en ese caso, las respuestas no se hicieron esperar. Diversas instituciones, incluyendo el Ministerio de la Mujer, rechazaron públicamente sus afirmaciones. Varias comunidades científicas y educativas se pronunciaron con claridad, recordando algo fundamental: el talento no tiene género, y el acceso a la ciencia no puede seguir condicionado por estereotipos sin sustento. 

Los datos lo confirman: hay científicas peruanas que destacan y lo han hecho pese al sistema, no gracias a él. María Sun ha implementado tecnologías innovadoras para el análisis físico-químico de recursos naturales originarios del Perú. Rosa Vásquez, bióloga y química, investiga microorganismos extremófilos en la Amazonía, y fue reconocida por la BBC como una de las 100 mujeres más influyentes del mundo en 2024 por su labor en conservación y biotecnología natural. Gabriela Calistro, astrofísica, investiga la formación y evolución de galaxias y agujeros negros en el universo temprano. Ivonne Montes, física y oceanógrafa, estudia el impacto del cambio climático en ecosistemas marinos y ha investigado en la Antártida. Patricia Sheen ha innovado en el diagnóstico de tuberculosis desde la microbiología. Daniella Bardalez, doctora en física, estudia la formación de exoplanetas y ha trabajado en el Museo Americano de Historia Natural. Lucía Coll trabaja en física de partículas y colabora con el CERN. Cecilia Gaita, matemática y doctora en didáctica de la matemática, investiga el razonamiento algebraico y la formación docente. Myriam Pajuelo, astrónoma y docente, estudia cuerpos menores del sistema solar y tiene un asteroide con su nombre. Betty Galarreta trabaja en nanotecnología y sensores para alimentos y patrimonio cultural. Mónica Martínez, joven matemática peruana, fue la primera en obtener una medalla de oro en la Olimpiada Europea Femenina de Matemáticas y una de las pocas en alcanzar plata en la Olimpiada Internacional, marcando un hito para el país. Y la lista podría continuar. 

Y si miramos hacia atrás, encontramos a pioneras que hicieron ciencia en tiempos aún más desafiantes. Laura Rodríguez, primera médica del Perú, rompió barreras en la universidad a inicios del siglo XX, cuando ni siquiera era común que las mujeres accedieran a la educación superior. Asimismo, Elvira García y García promovió la enseñanza científica desde inicios del siglo XX, fundando instituciones educativas para mujeres y defendiendo el acceso igualitario al conocimiento. María Luisa Aguilar, primera astrónoma profesional del país, fundó espacios clave para la formación científica en astronomía y dejó huella en la educación pública. Las contribuciones de estas científicas fueron, muchas veces, ignoradas en su momento, pero hoy conforman los cimientos sobre los que se construye una ciencia más equitativa. Por ello, en lugar de apelar a un “condición biológica” inexistente, deberíamos, más bien, revisar el escenario político y cultural que las mantiene vigentes, ya que los intentos de mejora están expuestos a decisiones de autoridades que —paradójicamente— desconfían de la propia evidencia.  

En mi carrera como astrofísica me he topado con varios de los misterios más complejos del universo. Pero comprender la razón por la que hay menos mujeres en ciencia no es uno de ellos. La estadística es clara y no se trata de biología, se trata de contexto. Y ese contexto lo construimos entre todos, incluyendo quienes hoy legislan sin haber pasado por una revisión por pares. El problema no es seguir debatiendo si las mujeres pueden o no hacer ciencia. Eso ya está resuelto. El problema es que aún hay quienes, desde sus cargos públicos, confunden falta de acceso con falta de vocación. Y que mientras se apela a condiciones biológicas inexistentes, evitamos discutir una incapacidad que sí es urgente: la de legislar con responsabilidad. Porque si las mujeres siguen siendo minoría en ciencia, no es por una predisposición biológica, sino porque aún seguimos normalizando que una opinión pese más que la evidencia.

Sobre la autora

Carla Arce Tord es Ph.D en Astrofísica y creadora de contenido científico (@astrocarlaa) 

Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Perú.

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