La inteligencia artificial también depende de una infraestructura material y estratégica que puede volverse frágil cuando se interrumpen flujos que normalmente se daban por garantizados, dice Willard Manrique es CEO del Grupo Crosland.

La inteligencia artificial se ha visibilizado como una de las expresiones más sofisticadas de la economía contemporánea: tecnología capaz de escalar con rapidez, apoyada en datos, cómputo y modelos cada vez más sólidos. Pero la vigente guerra en Medio Oriente cuestiona una idea que parecía instalada: la IA opera en una dimensión casi inmune al mundo físico. Lo que esta coyuntura empieza a mostrar es más bien lo contrario. La economía de la IA depende de energía, semiconductores, gases industriales, centros de datos, nube, conectividad y cadenas de suministro que pueden tensionarse cuando la geopolítica irrumpe. 

En escenarios de conflicto, el mercado vuelve a mirar con atención activos e insumos que parecían más propios de la vieja economía. El petróleo y el oro recuperan protagonismo no porque sustituyan el valor de la tecnología, sino porque devuelven al centro del análisis factores como seguridad energética, costos logísticos, abastecimiento industrial y resiliencia operativa. La discusión, en realidad, no parecería ser “commodities versus IA”, sino algo más incómodo para el discurso tecnológico: la inteligencia artificial también depende de una infraestructura material y estratégica que puede volverse frágil cuando se interrumpen flujos que normalmente se daban por garantizados. 

Este conflicto agudiza posibles tensiones en el abastecimiento global de semiconductores e insumos críticos para la fabricación de chips. Entre ellos destaca el helio, cuyo suministro empezó a generar preocupación en fabricantes asiáticos tras afectaciones al procesamiento de gas en Qatar. La vulnerabilidad de la IA también radica en la infraestructura donde se almacenan, procesan y circulan los datos. A inicios de marzo, las afectaciones a instalaciones de nube en Emiratos Árabes Unidos y Bahréin interrumpieron los servicios y mostraron que los centros de datos, que suelen imaginarse como una capa silenciosa e invisible, pueden verse expuestos cuando la guerra alcanza infraestructura crítica. 

Lee también: ¿Por qué el trabajo presencial sin propósito es un costo y no una inversión?

El caso de Anthropic con el Pentágono también revela la delicada relación entre IA, seguridad nacional y poder estatal. La expansión de esta industria parecería no solo depender de la capacidad de innovar, sino también por su posición dentro de disputas estratégicas más amplias.

La IA seguirá siendo una de las grandes apuestas de crecimiento de esta década. Pero la coyuntura sugiere que su desarrollo no depende únicamente de mejores modelos o más inversión; sino de condiciones mucho más concretas: energía disponible, materias primas críticas, centros de datos seguros, conectividad estable y un entorno geopolítico que no fracture sus soportes. La guerra no debilita la relevancia de la IA; más bien muestra, incluso en la economía más sofisticada, que lo intangible todavía descansa sobre bases muy tangibles. 

Sobre el autor:

Willard Manrique es CEO del Grupo Crosland y Especialista en Dirección Comercial del PAD.

Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Perú.