El fraude por terceros es altamente probable en el ecosistema empresarial por acciones y omisiones. La exposición al riesgo disminuye cuando las compañías conocen con quiénes se relacionan y promueven controles y una cultura de integridad, asegura la autora.

Donald R. Cressey, uno de los sociólogos más importantes en el mundo de la criminalística, explicaba que un fraude no ocurre por accidente, sino que sucede cuando se conjugan tres elementos: una presión que empuje a la persona, una oportunidad que facilite la ejecución de una acción y una justificación interna que le haga creer que lo que hace, está bien. Ese triángulo aparece en contextos de trabajo, en los negocios e incluso en la cotidianidad de la vida. 

Pensemos en el siguiente caso. Un contador (proveedor de servicios externo) maneja las finanzas de una empresa durante años sin fallas aparentes, tanto que nadie revisa su trabajo a detalle. Con el tiempo, empieza a mostrar un nivel de vida que no coincide con sus ingresos, pero la empresa no lo nota o lo deja pasar, hasta que descubre que no pagaba las detracciones de proveedores y se quedaba con el dinero. Allí se notan los tres elementos del fraude: la presión por sostener un estilo de vida que no puede pagar, la oportunidad que brindan procesos de negocio poco supervisados y la justificación del “me lo merezco porque no recibo un aumento de sueldo hace mucho tiempo” o “es poco dinero y no afectará los resultados de la empresa”. Tras el hallazgo, la reacción interna nunca debe ser el culpar a la mala suerte, como si fuera imposible prevenir una situación como esta. 

Estas situaciones no son cuestión de azar. Cualquier empresa puede ser víctima por confiar sin verificar, abandonando la debida diligencia sobre un agente externo de la empresa. La cómoda idea del “no pasa nada” abre la puerta a riesgos que pueden comprometer a toda la organización. 

Hoy, vincularse con terceros: proveedores, clientes, intermediarios, socios y aliados es parte esencial de cualquier estrategia corporativa. Una empresa, en la práctica, no opera sola, sino en colaboración con otros. Sin embargo, así como es clave relacionarse con terceros, es igual de crucial saber quiénes son. 

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Particularmente, en el contexto empresarial peruano se confía demasiado y se verifica poco. El 93% cree que sus terceros actúan con integridad, aunque solo el 40% recibe capacitación para saber cómo evaluarlos. Aun así, el 68% reconoce que algún tercero ya estuvo involucrado en un incidente de integridad Todos estos datos, recogidos en la Encuesta Global de Integridad de EY publicada en el año 2024, evidencian un ecosistema en el que es altamente probable ser víctima de un fraude por un tercero como consecuencia de acciones y omisiones, y no por una cuestión de mala suerte, como se suele creer. 

Por ello, la clave está en entender quiénes son los terceros con quienes nos relacionamos y qué riesgos implica cada relación. No todos exponen a la empresa por igual. Lo relevante es diferenciar su impacto real y priorizar, en lugar de tratarlos en bloque. Cuando esa lectura está clara, los niveles de riesgo dejan de ser una formalidad y se convierten en una guía práctica para decidir dónde poner más control, dónde reforzar y dónde basta con un monitoreo razonable.

Finalmente, hay un aspecto cultural que no debe pasarse por alto. La debida diligencia no puede ser un simple trámite. Si las personas no entienden por qué lo hacen y solo “cumplen”, el sistema termina fallando. La integridad es sostenible cuando todos comprenden que estos procesos no buscan incomodar, sino proteger a la organización y su reputación.

Cuando la presión encuentra una oportunidad y una justificación, el desenlace es predecible: no se trata de malas rachas, sino de una falla en los controles y en la cultura. El impacto trasciende lo financiero; afecta la confianza y desgarra el tejido que sostiene a cualquier organización. Frente a una vulneración así, surge una pregunta inevitable: ¿cómo volver a creer? 

Sobre el autora:

Cecilia Melzi es socia de servicios forenses y riesgos de integridad de EY Perú.

Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Perú.