Afrontar los grandes desafíos del Perú requiere de una articulación multisectorial, que incluye al Estado, las empresas y las comunidades, explica Vanessa Vásquez, directora ejecutiva de Perú Pendiente.
Los grandes problemas del país no caben en una sola oficina. La inseguridad, la pobreza, la desnutrición, el acceso desigual a la educación, los desastres naturales o la falta de oportunidades tienen causas distintas y afectan de manera diferente a cada territorio. Por eso, esperar que una sola institución encuentre todas las respuestas es como intentar armar un rompecabezas teniendo apenas algunas piezas.
La articulación multisectorial propone algo bastante lógico: reunir al Estado, las empresas, la academia, las organizaciones sociales y las comunidades alrededor de un objetivo común. Cada actor aporta capacidades distintas. El Estado cuenta con alcance, información y responsabilidad pública; las empresas pueden sumar recursos, tecnología y capacidad operativa; la academia produce conocimiento; las organizaciones sociales conocen el territorio; y las comunidades entienden mejor que nadie sus necesidades.
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Este enfoque también está presente en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El ODS 17 plantea que las alianzas son indispensables para alcanzar los demás objetivos. Tiene sentido: será difícil avanzar en educación de calidad, igualdad, reducción de la pobreza o acción climática si cada sector trabaja por separado y protege celosamente su parte del tablero.
Pero articular no significa reunir a muchas personas, tomar una foto y crear un grupo de WhatsApp que nadie volverá a abrir. Significa definir responsabilidades, compartir información, coordinar decisiones y medir resultados. También supone reconocer que ninguna organización tiene todas las respuestas y que colaborar no implica perder protagonismo, sino aumentar el impacto.
Cuando esta coordinación funciona, los recursos se aprovechan mejor. Se evitan esfuerzos duplicados, se identifican necesidades reales y las soluciones llegan de manera más rápida y pertinente. Una empresa puede donar alimentos, por ejemplo, pero necesita saber dónde hacen falta, cómo trasladarlos y quién garantizará una distribución adecuada. Una municipalidad puede conocer a las familias más vulnerables, pero quizá no tenga vehículos o capacidad logística. Al conectar esas capacidades, una limitación deja de ser un obstáculo.
La participación comunitaria es igualmente importante. Las personas no deben ser vistas solo como beneficiarias, sino como parte de la solución. Conocen el territorio, sus riesgos, sus recursos y sus dinámicas. Incluirlas desde el inicio permite construir respuestas más útiles, sostenibles y respetuosas. Además, genera confianza, un ingrediente que no aparece en los presupuestos, pero puede definir el éxito o el fracaso de cualquier intervención.
Trabajar de manera articulada exige tiempo, transparencia, reglas claras y disposición para escuchar. No siempre será sencillo, pero el país ya posee muchas capacidades valiosas. El desafío no es inventarlo todo desde cero, sino conectar mejor lo que existe. Resolver nuestros problemas no será tarea de un héroe solitario, sino de muchas instituciones y personas empujando, con responsabilidad, hacia el mismo lado y construyendo soluciones que puedan sostenerse en el tiempo.
Sobre la autora:
Vanessa Vásquez es directora ejecutiva de Perú Pendiente, una asociación civil sin fines de lucro que se dedica a articular ayuda humanitaria y desarrollar proyectos sociales.
Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Perú.
