En tiempos de agotamiento y desconexión, priorizar a los seres humanos determina la sostenibilidad de las organizaciones de las que son parte, resalta la autora de esta columna.
En los últimos tiempos me he enfocado mucho en promover los Objetivos de Desarrollo Interior (ODIs)… y lo hago por pura convicción porque he comprobado que lo realmente genuino va de adentro hacia afuera. Hablo de personas y hablo de equipos en organizaciones. Los ODIs son un marco global que busca trabajar en las capacidades humanas para poder alcanzar, de verdad, los objetivos de desarrollo sostenible. La realidad de nuestro entorno corporativo nos confronta a diario con testimonios de agotamiento y desconexión y quizás lo que más nos cuesta entender es que si no cuidamos las raíces de la organización (que son las personas), el árbol se caerá y simplemente no habrá frutos que cosechar.
Y ahí es donde vale la pena detenerse: en la dimensión del pensar. Ojo, no está mal buscar la rentabilidad ni perseguir metas financieras agresivas. Tampoco está mal tomar decisiones pragmáticas para garantizar el crecimiento de un negocio en escenarios inciertos. Las organizaciones necesitan ser eficientes y competitivas, operando bajo una lógica clara de resultados y velocidad para liderar el mercado. Es perfectamente válido querer ganar el partido y los “dashboards” o “exceles” son herramientas útiles para mapear el rumbo técnico.
Lee también: El verdadero indicador de una cultura inclusiva
Pero así como el “qué” corporativo es vital, el “cómo” humano es lo que realmente marca la diferencia. Una verdadera transformación nos invita a revisar no solo qué decisiones tomamos, sino desde qué mirada, con qué supuestos y con qué nivel de conciencia real las asumimos. Diseñar estrategias de negocio no tiene por qué ser sinónimo de frialdad ni de vivir en una burbuja de aire acondicionado en San Isidro, dándole la espalda al dolor de la calle: a ese colaborador operativo que pasa tres horas en el transporte público o que tienen que enfrentar a diario la inseguridad. El verdadero reto, sobre todo hoy en nuestro país, es ser profundamente humano y adaptativo.
Mientras tanto, la cancha se está moviendo y nos exige desmantelar viejas formas de pensar. Necesitamos un pensamiento crítico para enseñar a dudar con criterio ético ante la sobreinformación; habilidades de perspectiva para integrar culturas distintas sin destruir la del otro; y un pensamiento sistémico para dar dos pasos atrás, mirar el tablero completo y atacar los males corporativos de raíz en lugar de los síntomas. El liderazgo actual exige mantener el rumbo con una visión a largo plazo sin distraerse con la urgencia del día a día, y activar una creatividad valiente que proteja la mística y la conexión emocional. Tomar decisiones difíciles es parte de liderar, y hoy esas decisiones son complejas, urgentes y trascendentes. Es ahí, en ese terreno de alta exigencia, donde la dimensión pensar cobra todo su sentido, impulsándonos a explorar y activar estas capacidades de manera estratégica.
Toca reconocer que las jerarquías rígidas y el micromanagement obsesivo ya no funcionan; la productividad no puede separarse de la salud mental ni de la confianza. Lo que sí queda como reflexión es que transformar las organizaciones requiere, inevitablemente, que primero nos transformemos como seres humanos. Un desafío adaptativo que nos sacude, nos interpela y nos empuja a liderar con una brújula mucho más valiente.
Sobre la autora:
Maisa Mercado es CEO de Asertiva Consulting.
Las opiniones expresadas son solo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Perú.
